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Casa K’ojom: el último refugio de la música maya


Desde 1984, Samuel Franco ha dedicado su vida a la investigación  de campo, y documentación por medios audiovisuales, de la música tradicional ejecutada durante las celebraciones de fiestas patronales, ceremonias y rituales.

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Jocotenango, Sacatepéquez

K’ojom significa “música” en tzutujil. Y K’ojom también es el nombre que recibe la exposición de música maya que abrió hace 35 años su director Samuel Franco Arce en Jocotenango, Sacatepéquez. Pero Franco, que de profesión es fotógrafo e ingeniero en sonido, no es un simple aficionado. Su carrera respalda sus conocimientos y pasión por la cultura. Además de ser director de Casa K’ojom (fundada en 1987), es presidente del Consejo Internacional de Museos en Latinoamérica y el Caribe (ICOM-LAC) y fue Coordinador del Escudo Azul Guatemala (que vela por la protección de los bienes culturales) y presidente de la Asociación de Museos de Guatemala. Aunque Franco habla poco de ello. Se frota su bigote poblado de canas y prefiere definirse como fotógrafo, conservacionista y amante de la música.

A Franco no le gusta que sus visitantes se refieran a su proyecto como un museo. “No lo es. Esta es una casa de la música o más bien un centro de rescate cultural”, reitera, serio. Su seriedad se debe a que comprende que dentro de esas cuatro paredes está una de las pocas colecciones de instrumentos musicales mayas que existen, al menos bien preservadas e identificadas. Por eso aquel sitio ubicado dentro de una finca de café (La Azotea) a pocos kilómetros del parque central de Jocotenango, es una especie de refugio musical.

“Lo que cuidamos aquí son, en su mayoría, bienes intangibles. ¿Se puede tocar la música?”, pregunta sin esperar una respuesta. Con la cabeza dice “no”. “Solo se pueden preservar los instrumentos que la crean y, hasta ahora con la tecnología, los documentos sonoros que atestiguan sus armonías. Ese es el reto de preservar la música, que estás guardando algo que no ves y que quizá tampoco escuches, a menos que sepas interpretar los instrumentos, y pocos comprenden el valor de ello”, se lamenta Franco, mientras recorre los pasillos oscuros de Casa K’ojom.

Con 66 años y buena salud, Franco ha ido construyendo un archivo fotográfico con más de 65 mil fotografías y piezas audiovisuales dedicadas a documentar la vida de los pueblos indígenas y, a la vez, una colección de instrumentos mayas que resguarda con mimo. Desde 1984, Franco ha dedicado su vida a la investigación  de campo y documentación por medios audiovisuales, de la música tradicional ejecutada durante las celebraciones de fiestas patronales, ceremonias y rituales.

Dialogar con el ambiente

“Las ceremonias ritos y fiestas que han practicado los grupos mayas a través del tiempo se evidencian en la arqueología, en las crónicas que escribieron los españoles después de la conquista y en los constantes descubrimientos de investigadores contemporáneos”, explica Franco mientras recorre la primera parte del museo, dedicada a los instrumentos más antiguos en exposición, del periodo posclásico maya (900 a 1500 a. C.). “En este periodo hubo una serie de migraciones y comercio entre grupos mayas con los aztecas, mixtecas y zapotecas. Como resultado de estas relaciones, se dio un intercambio cultural tangible e intangible, que parió instrumentos musicales y danzas que se propagaron por la región”, señala. 

Así surgieron los primeros instrumentos musicales, creados con caparazones de caracol, flautas de barro y hueso, silbatos y ocarinas de barro, trompetas de barro y madera. Sin embargo, la primera misión de estos utensilios no fue la música como la conocemos hoy. Fue la imitación. “Estos instrumentos se utilizaron para reproducir sonidos del medio ambiente como pájaros, animales e insectos y poder así comunicarse con ellos o implementar estrategias de cacería y dominación animal”, explica Franco, mientras toma en sus manos una flauta de barro. Respira profundo y la hace sonar. Su sonido transporta a las selvas peteneras, cuya flora y fauna de aquel entonces eran testigos del declive de una civilización milenaria. “Otros instrumentos musicales de percusión como los tambores de madera y de barro con pieles de venado y jaguar, las caparazones de tortuga, las sonajas de barro o morro, los cascabeles y raspadores de hueso surgieron sobre todo para acompañar las guerras y, con el ruido, asustar al grupo opositor. Luego, se utilizaron para sus danzas y actividades deportivas, como el juego de pelota”, subraya.

La sala dedicada a los instrumentos está llena de “rarezas” musicales. Entre ellos desfilan joyas como la adufa, un miembro poco común de la familia de tambores del área de Quiché, hecho de madera y cubierto de un lado por un parche de piel de venado o cabra. Igual de antigua que la adufa, pero más conocida es la chirimía, de origen árabe pero adaptado al trópico. La chirimía es similar a un oboe primitivo y produce un sonido único, melancólico. Otro instrumento que llama la atención es el arpa diatónica, oriunda de Las Verapaces, con entre 22 y 32 cuerdas, pero que a pesar de su amplio rango de tonalidades, está limitada a notas de un solo tono. 

Fiesta maya

No es posible concebir la música sin danza. Ante la pregunta ¿qué fue primero, la música o la danza? Franco aventura que primero fue la música, y que gracias a ella hay danza. Y las danzas mayas que hoy en día son interpretadas por los pueblos indígenas, son un tesoro patrimonial que también ocupa un espacio importante dentro de Casa K’ojom. 

“La música y la danza tradicional que hoy conocemos es descendiente de la milenaria civilización maya que al interactuar con los españoles dio como resultado una nueva cultura criolla en sus manifestaciones espirituales y culturales”, explica Franco mientras muestra una pequeña exposición fotográfica en una de las paredes de la casa. “Después de que los españoles bautizaran las poblaciones de Guatemala con nombres de santos cristianos, surgió un tipo de música y danzas vinculadas con la espiritualidad y que acompañan el sincretismo practicado en sus ritos”. Ritos que hasta el día de hoy se mantienen, con sus mismos instrumentos y danzas milenarias.

Por ejemplo, el “tun” o “tunkul” (también conocido como teponaztli por los aztecas), es un instrumento de percusión hecho de tronco de madera de hormigo, vaciado por dentro con dos lengüetas de diferente largo en forma de H en la parte superior. Este es el instrumento que, con dos trompetas, acompaña la danza dramática prehispánica del Rabinal Achí, para la fiesta de San Pablo en Alta Verapaz cada 25 de enero, y que también acompaña la danza prehispánica de Las Guacamayas que se realiza durante la fiesta patronal de Santa Cruz en Alta Verapaz cada 3 de mayo.

La rica cultura viva que aún posee el país, con su multietnicidad, sus ritos espirituales y fiestas populares, también son expresados en la exposición por medio de una colección de bailadores y músicos en miniatura elaborados en barro por el artista antigüeno Hilario Tabín Álvarez, y a través de las pinturas del artista Miguel Chávez Petzey, ubicadas en el penúltimo salón de la casa.

El último salón aún se encuentra en obras. Según el director, se convertirá en un teatro en el que transmitirá una serie de piezas sonoras de música maya y un documental inédito que mostrará a los visitantes lo mejor de su archivo fotográfico. Aún no hay fecha para la inauguración de la sala de teatro.

El recorrido termina y la penumbra que había acompañado a los visitantes dentro de las habitaciones, se difumina. Franco contempla el cielo sin nubes y luego repasa el exterior de la Casa K’ojom, con una mirada nostálgica. “Todo esto existe con el único fin de recuperar nuestra identidad cultural”, sentencia. “Algún día las personas acudirán a este archivo simplemente para responderse a la pregunta de quiénes somos y de dónde venimos. Y aquí estará este archivo, con todas las respuestas”. 

Juan Diego Godoy
Director Digital de elPeriódico. Periodista graduado de la Universidad del Istmo y Especialización en Comunicación y Análisis Político por la Universidad Alcalá de Henares. Es Máster en Periodismo Digital por la Universidad Autónoma de Madrid y la Escuela de Periodismo de EL PAÍS. Ha hecho periodismo en España, Italia y Guatemala. Columnista de elPeriódico y profesor universitario.

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