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No es solo sobrevivir


¿Hay otra forma de realmente vivir?

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Por mucho que odiemos aceptarlo, el curso predeterminado en el que vivimos nuestras vidas es el de seguridad. Es decir, modulamos nuestros pensamientos y, por ende, nuestras acciones de manera que nos permitan mantenernos en un territorio conocido y controlado que les facilite sentirse cómodos a quienes nos rodean y a nosotros mismos nos dé un sentimiento de seguridad.

Me atrevería a avanzar la idea que todos contemplamos ideas de intercambiar una vida estándar por una más bien moldeada por intereses particulares que repican en nuestras almas. Sin embargo, otra vez, osaría avanzar la noción que la mayor parte, la vasta mayor parte, de las personas dejan esto en pensamiento y no pasan al espacio de la acción.

Muchos de nosotros hemos llegado a un punto donde pretendemos combatir este estado y nos trasladamos de puramente imaginar a probar vivir una vida más bien adecuada a nuestros particulares anhelos. He ahí cuando, por ejemplo, entrenamos y corremos esa media maratón o tomamos un viaje que nos permita descubrir y no solo turistear o, incluso, nos involucramos en una causa que hemos tenido en la mente por algún tiempo.

Mientras más lejano es el clavado que tomamos, es decir, mientras más nos apartamos del terreno de seguridad y familiaridad que hemos dibujado para nosotros, más vivos nos sentimos, más claro e intenso es el sentimiento de emoción cruda que cruza nuestra existencia. Y eso se empieza a asemejar a una vida propia que es una existencia diseñada.

Es como dice Liz Clayton: “cuando nos movemos más allá de emociones externas y nos aventuramos en un camino profundo hacia una autoevaluación, las esclusas se abren ampliamente”. Ser honestos acerca de qué realmente nos gusta y qué nos disgusta de nuestra existencia es un ejercicio enervante. Más aún, ser sinceros y, sobre todo, ser exactos sobre qué persona queremos ser es un acto de plena gallardía que requiere grandísimas cuotas de valor y disciplina.

Resulta así porque, invariablemente, un ejercicio de esa índole tendrá como consecuencia inevitable la necesidad de reconocer la urgencia de adoptar cambios profundos y aceptar riesgos de considerables cadencias. Solo así se puede dejar una existencia estándar y masificada por una propia y diseñada.

Las satisfacciones de vivir una vida más honesta, alineadas a nuestros propios anhelos, son la recompensa que amerita tomar los riesgos que mencionaba arriba. Y, es que la pregunta que prevalece es, ¿hay otra forma de realmente vivir? No se trata de sobrevivir, tampoco, creo yo, se trata de sobrevivir cómodamente, se trata de vivir honestamente de acuerdo con nuestro muy individual set de entusiasmos.

Pavel Tuc
Editor audiovisual. Locutor, camarógrafo y editor de video para elPeriódico.

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