» Vestigios de la fe

En La Antigua Guatemala se conservan diversos ejemplos de edificios religiosos. Algunos en ruinas, otros con uso distinto y unos más aún como templos, son vestigios de una sociedad marcada por la religiosidad.

Por: Jaime Moreno De León
Ilustraciones: Guillermo Aguirre

La historia no solo se lee en libros. Las calles, los edificios, el arte, las tradiciones, hablan. En el caso de Guatemala, el relato de quienes hemos sido también está impregnado en los muros de nuestras ciudades. ¿Qué nos dice? Entre otras cosas, que hemos sido una sociedad marcada por el pensamiento religioso. En este escenario, en la identidad nacional también está marcada la época de la Colonia como referente que condensa la idea de lo sagrado: imaginería, rituales, arquitectura. ¿Qué historia nos cuentan los vestigios inmuebles de esta época? Una de poder, destrucción y dinámicas sociales.

El uso del espacio sagrado como centro de la nueva configuración urbana cuenta la historia misma de la Colonia temprana. Las poblaciones españolas se asentaron sobre –o cerca– de antiguos poblados prehispánicos. Según esa dinámica, la reutilización de los centros de poder mesoamericanos sirvió también como forma de reafirmar la nueva identidad. “Mucha de la arquitectura religiosa fue construida sobre edificios importantes de la época prehispánica”, apunta a este respecto la arqueóloga Claudia Quintanilla. Este proceso, que dio paso a nuevas dinámicas que no necesariamente significaron el abandono de la propia identidad por parte de los pueblos indígenas, generó manifestaciones sincréticas que aún hoy se conservan. En el caso de la arquitectura, esto es visible en sitios como Chichicastenango y su iglesia principal. 

Conforme avanzó la época colonial, el territorio que hoy ocupa Guatemala vivió distintos procesos de auge y caída. Esto es visible en su sede principal, Santiago de los Caballeros, hoy conocida como La Antigua. En su trazado urbano (uno de los pocos vestigios de la urbe original) se encuentran los restos de una arquitectura que habla sobre el poder que llegó a tener la ciudad y sus múltiples tropiezos a causa de la naturaleza: desde el auge de la Capitanía General hasta los terremotos que cada cierto tiempo destruyeron sus construcciones, pasando por la bonanza de los tintes, la esculutra y otros sectores económicos. 

En cuanto a la arquitectura religiosa, en La Antigua pueden reconocerse una línea clara de construcción durante esta época. Según apunta el investigador José María Magaña, “es necesario reiterar que la arquitectura religiosa es esencialmente renacentista”. Se refiere a que, en general, “el espacio interior de los templos es rectilíneo, robusto y austero”. A partir de esta premisa, Magaña reconstruye que en la ciudad se pueden identificar tres estilos arquitectónicos para las iglesias coloniales: Renacentista, de Transición y Barroco. El primero inicia hacia 1543 y finaliza con la inauguración de la Catedral de Santiago en 1680. La transición se sucede y finaliza con el terremoto que sacudió el lugar en 1715 y dio paso al Barroco, que alcanza hasta el final mismo de la urbe tras los terremotos de 1773. 

Entre las ruinas y el día a día

La catedral de San José, en su momento Catedral Primada de Santiago de los Caballeros, es un ejemplo de cómo la arquitectura religiosa se ha adaptado al cambio. Inaugurada en 1680, es obra de José de Porres, quien trabajó en colaboración con Juan Pascual y Martín de Andújar. Este edificio sustituyó al construido en 1545 cuando la ciudad terminó de establecerse. Luego, los terremotos del siglo XVIII derribaron la mayoría de su estructura y se reutilizó solo la parte frontal. Hoy, las ruinas de lo que una vez fue un inmenso complejo de cinco naves diseñado para transmitir poder han dado paso a la reconstrucción parcial hecha durante la década de 1990. Frente a su fachada, más elevada que el resto de edificios de la plaza, han sucedido innumerables hechos históricos, como los autos de fe de Francisco Marroquín en 1554,  así como el paso de procesiones a lo largo de los siglos.

Reconstrucción hipotética

En la actualidad la Catedral de La Antigua combina sus días entre el turismo y la religión. Gran parte está en ruinas y es testigo de un pasado poderoso. ¿Cómo lucía el interior? Guillermo Aguirre se dio a la tarea de hacer una reconstrucción imaginaria, basado en los detalles que aún se conservan en el predio.

Para saber más
La arquitectura monumental de La Antigua Guatemala, artículo de José María Magaña, publicado en la revista colombiana Apuntes, No. 24, en 2011.

El esplendor del barroco

La mezcla de estilos arquitectónicos fue constante en la construcción durante la colonia. Los edificios religiosos son prueba de ello. No obstante, del período barroco como tal existen algunos ejemplos. Uno de los principales es el templo de Nuestra Señora del Carmen, en Santiago. Construido hacia 1728 por los arquitectos Juan López, Manuel García y Timoteo Núñez, condensa todo lo que el barroco se proponía ser: movimiento y ruptura. Su fachada tiene una función doble: al tiempo que se engrosa para hacerla más resistente en la parte estructural, también rompe con el frente plano de sus pares. A lo largo de sus cuerpos, las parejas de columnas también tienen un efecto visual que le da ligereza: una especie de celosía vegetal hecha con mampostería. Volutas y otras formas le dan vida a la fachada, que se combina con un interior que también transmite la sensación de movimiento. Según explica Magaña, “es una excepción en la que sus proporciones, el diseño interior, la composición de la fachada, la decoración aplicada, la introducción de nuevos elementos como las ventanas octogonales, junto con los elementos arquitectónicos transformados que adquirieron carta de identidad, hacen de esa obra el único ejemplo en que puede hablarse de arquitectura barroca propiamente dicha”. 

Susurros del pasado

La arquitectura religiosa colonial de Guatemala ha sufrido variaciones a lo largo de los siglos. La gran mayoría de edificios se han modificado, cambiado de uso, están en ruinas o han desaparecido por completo. En La Antigua Guatemala hay ejemplos de todas estas variables. Uno de ellos es la Compañía de Jesús, antigua sede jesuita, que ha visto el paso del tiempo desde distintas funciones. 

Construido hacia finales del siglo XVII, fue inaugurado en 1698. Es obra del arquitecto José de Porres y en ella trabajó también su hijo, Diego. Luego del abandono de la ciudad, el edificio quedó en ruinas. Durante el siglo XIX se reutilizó como fábrica. A esa segunda vida le sobrevino una tercera: mercado. A inicios del siglo XX se instalaron en su territorio diversos comercios. Los vestigios de esta etapa aún son visibles en los muros. Al final, la antigua Compañía de Jesús recuperó una parte de su esplendor gracias a la Cooperación Española. La institución tomó el edificio lo restauró y rehabilitó y en la actualidad mantiene una sede en el lugar. La nave del templo, por su parte, alberga una escuela-taller de distintos oficios técnicos. 

El estilo con el que fue construido el complejo religioso habla de la transición entre el Renacimiento y el Barroco. Esta etapa, dada entre 1680 y 1715, condensa una serie de construcciones que buscaban dejar atrás la rigidez y encontrar lenguajes más fluidos. Según Magaña, “una innovación en el templo de la Compañía de Jesús fue el uso de color aplicado ‘al fresco’ sobre muros, columnas, pilastras y demás elementos arquitectónicos que lo convirtieron en el más ricamente decorado en la ciudad”. 

La decoración a la que se refiere el investigador está prácticamente perdida en todas las áreas, salvo algunos vestigios en la fachada y los interiores. Sobre esta idea trabaja el arquitecto Guillermo Aguirre (autor de las ilustraciones que acompañan este reportaje), quien se ha dedicado a la investigación arquitectónica de templos coloniales y su posterior reconstrucción hipotética. Utiliza acuarela y tinta. Como un susurro, como una ventana al pasado, muestra edificios que ya solo se pueden intuir tras las ruinas y las marcas del tiempo.

Joya al lado del camino

En la ruta que conduce a Quetzaltenango se encuentra otro ejemplo de arquitectura religiosa monumental en el país. Se trata del templo de San Cristóbal Totonicapán, edificio de origen colonial que tuvo al menos dos etapas constructivas de peso: una en el siglo XVII y otra en el XVIII. 

Además de un entorno recuperado, el complejo religioso da cuenta de la actividad dinámica que llegó a tener a lo largo de su historia. Su fachada, de corte clásico, encierra en su interior una serie de retablos más cercanos al barroco; pintura mural con motivos varios en sus paredes e imaginería de distintas épocas. Tiene también un claustro y aún se conservan capillas posa, que enmarcaban el espacio sagrado y servían para realizar dinámicas rituales en los exteriores de la iglesia.