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Opinión

Pena de vida


De ese bamboleo aún no nos recuperamos.

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La vida durante mi infancia fue verdaderamente pacífica, quizá porque nací y crecí en La Antigua, una ciudad pequeña cuya grandeza reside en sus ruinas, donde los despojos arquitectónicos son la advertencia permanente de que toda obra humana puede derrumbarse en segundos, sin avisar. En aquellos días la puerta de calle se mantenía siempre abierta o se cerraba para impedir el tránsito de los chuchos aunque bastaba tirar de la pita de cáñamo, sostenida por un nudo, para ingresar. Los niños éramos felices, andábamos libres por la calle, nos íbamos de campamento a los cerros, y ni siquiera se pedía permiso en las fincas, porque una cosa era la propiedad privada para explotar la tierra y otra el libre tránsito por campos y bosques de todos. La Cuaresma era y sigue siendo nuestra fiesta, aunque de costumbre de unos cuantos vecinos ahora es atracción de multitudes. Los hombres cargábamos al

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