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Opiniones de hoy

Testimonio

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Soy un habanero nacido en Nueva York.

Y un residente legal por casi medio siglo en este bello país de la “eterna primavera” tras una década y media de vivencias exclusivamente europeas. En resumen, un zarandeado cosmopolita. 

En cuanto observador informal, por estos días me preocupa muy inesperadamente la incidencia histórica y corruptora del movimiento social de los homosexuales, y muy en especial por haberse extendido a un nivel ya casi planetario en su presencia más agresiva.  Pero, ¿y por qué? 

Empiezo por reconocer que a este respecto durante la mayor parte de mi ya larga vida he pecado de ingenuo. Confieso, ruborizado, que no sabía de su práctica que me ha sido contemporánea hasta ya bien adentrado en mi adultez, y de eso, hasta el presente, tan solo de oídas.

Cuando regresé a La Habana por una corta pausa de dos años en 1954, después de mis estudios de filosofía en la Universidad de Comillas, y en plena expansión económica y cultural de ese país de mis antepasados, me sorprendió y admito que me intrigó sobremanera el tema, porque repentinamente y por primera vez parecía estar de pronto en boca de todos. 

Pero continué con mis trabajos docentes en Santiago de Cuba, aunque le asignaba a tal práctica una relevancia muy superficial aun cuando muy retorcida.

Y así, ese tema del homosexualismo lo arrinconé en mi recuerdo por más de una década durante los años siguientes a mi regreso a Europa para estudiar teología. 

Y por aproximadamente otra década más, a mi regreso a América del Norte, pero ya en mi nueva condición de exiliado por el rey del embuste y déspota insensible Fidel Castro. 

Pero hoy me hallo felizmente acogido entre guatemaltecos por más de cuarenta años, y me sorprende, de nuevo, la recurrencia demasiado pública del tal fenómeno de la homosexualidad, aunque esta vez a nivel más bien global, y ya a mis años provectos de adulto mayor. Y por todo ello ese fenómeno me da ahora mucho qué pensar. 

Desde muy joven supe, reitero, que la sodomía ha sido un tema tratado con la mayor discreción posible en la tradición monoteísta del Occidente cristiano. Pero parece que hoy eso ya no es válido. 

Allá por la década de los cincuenta del siglo pasado supe del “free speech movement”, nacido en la California tan pluralista de innumerables cultos orientales y occidentales. Con tal movimiento, y la subsiguiente concentración juvenil de Woodstock a la siguiente década, el tema de la homosexualidad regresó al espacio público pero con mayor apremio y acompañado de una creciente tolerancia por parte de todos. 

Pero hoy, para estas próximas elecciones presidenciales en Estados Unidos, creo identificar otra tendencia más siniestra: esa de la concentrada en el Partido Demócrata, y de la que hasta se han hecho públicamente apologistas alguno de sus precandidatos a la presidencia. Es decir, que la  homosexualidad se ha vuelto una realidad explícita y ahora hasta políticamente militante. 

Lo creo, reitero, un problema ético muy serio y de devastadoras consecuencias para el orden social y a una escala planetaria, sobre todo respecto a la niñez y la adolescencia. 

En cuanto historiador, tendría yo que regresar a los últimos tiempos de la decadencia moral de la Roma imperial, o aun a otros parecidos a finales de la Grecia Clásica. Incluso hasta aquellos semíticos de la Babilonia del siglo VIII antes de Cristo para identificarles precedentes a nuestra degeneración de hoy, es decir, valiéndome aquí de las palabras de Fukuyama: “el final de la historia civilizada”. 

Amenaza definitivamente tenebrosa para ese monoteísmo mosaico al que he estado adherido durante toda mi existencia consciente. 

Creo reconocer asimismo algo de ello en aquella transvaluación de los valores sugerida por  Federico Nietzsche en sus últimas obras y a la que aludí en mi entrega editorial anterior. 

Y de tal modo, para este Hollywood moribundo de hoy a la hora de entretener a su teleaudiencia, Netflix, por ejemplo, acaba de incluir entre sus producciones un programa de “varieté” con el pretexto del erotismo infantil entre niñas pre-púberes… ¡de diez años!  

Ya no nos queda tabú alguno, ni aun siquiera para aquella magnífica empresa cinematográfica que con tanta ilusión y eficiencia fundara el ya difunto Walt Disney. Aquel genio que consagró su producción artística de tantas bellas leyendas medievales y también de invenciones fantasmagóricas en torno a un posible universo intergaláctico.

Nos hallamos de pronto hundidos, y sin haberlo anticipado, en una genuina y acelerada “decadencia cultural”..

Reconozco que mi óptica a este respecto continúa siendo la de un monoteísta a un tiempo más firme aunque también más compasivo.

Ambos niveles del saber, ya sea el dogmático o los de los relativistas repentinamente politizados, se hallan enfrentados cara a cara a una prueba de consecuencias muy trascendentales para estas próximas elecciones generales del tres de noviembre en Estados Unidos.

He ahí la clave que explica el frenético esfuerzo electoral por ambos bandos más grande en la historia de ese país.

Y por eso, también la masa de los electores solo parecen ponderar lo que de simpático o antipático encuentran en las personas de sus respectivos candidatos. No así para el resto de sus premisas axiológicas, que sí entrañan en uno de los dos bandos, el Demócrata, consecuencias morales peligrosísimas y al muy largo plazo. 

Y perdono a la mayoría de los que hacen campaña en pro del Partido Demócrata, es decir, aquellos jóvenes todavía anclados en la satisfacción de sus deseos más apremiantes al corto plazo. O sea, el contraste paralelo entre lo momentáneo del placer sexual, en unos, versus lo permanente de la comprensión madura por otros sobre todo lo que nos acontece. He ahí el dilema.

¿Cuál de esas perspectivas se impondrá? La respuesta definitiva la sabremos muy probablemente días después de esas próximas elecciones, reitero, del 3 de noviembre. Y con esto concluyo: la vida del hombre sobre la tierra nunca ha sido fácil, ni tampoco lo será… (Continuará)

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