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Opiniones de hoy

A propósito de Cayalá

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Ciudad Cayalá tiene un significado figurativo, es una metáfora arquitectónica que refleja una realidad común pero aberrante en el país: Islas de lujo en un mar de miseria.

Las fotos aéreas son indignantes. Los ecosistemas que existían allí se aniquilaron para darle paso a estructuras físicas de cemento que sostienen a una economía que no distribuye equitativamente, más bien se sirve de la pobreza generalizada para servir a la riqueza concentrada. Es más, en cuanto a riqueza histórica y cultural, el lugar es un área que debiera haber sido protegida por el IDAEH ya que existe allí debajo evidencia de asentamientos precolombinos y cuenta con vestigios de los cuales hoy desconocemos su paradero. Como dice un respetable amigo, el valor de los vestigios precolombinos está en el contexto donde se encuentran, una vez desenterrado y extraído de su lugar se pierde valiosa información arqueológica. De eso no habla nadie.
Es aberrante, si no insultante, que en un país donde la gente muere de hambre, donde niños-as nacen y crecen en condiciones de desnutrición, insalubres, vulnerables y sin poder para salir de ese círculo de pobreza, exista un despliegue de exuberancia material como Cayalá, que ojalá fuera una seña de prosperidad y evidencia de bienestar humano, ambiental o social generalizado en Guatemala. Aunque no lo es, Cayalá sin embargo cumple algunas funciones de beneficio para cierto grupo capitalino. La economía de mercados concentrados, que impera en Guatemala, permite que unos vivan muy bien y otros muy mal en el mismo país. Eso da lugar a esas Islas de lujo en un mar de miseria como Cayalá, clubes de golf y otros que contrastan con la realidad económica de la mayoría.
Ahora bien, ¿acaso es la existencia de Cayalá un pecado y debemos odiar a quienes allí se distraen o allí comercian? No. No es por allí que debemos abordar el asunto.
Tal vez donde sí podríamos abordar el tema es reflexionando y cuestionando lo que vemos. ¿Es posible que todos-as podamos vivir en un país tan “limpio”, tan “seguro”, tan “perfecto” como esa burbuja de tres kilómetros cuadrados de ficción? ¿Es real que una persona llegue a Ciudad Cayalá, pruebe un poco de esa felicidad artificial que vale mucho dinero y luego, al salir de esas murallas blancas, regrese a una realidad monótona, peligrosa, desesperante y deprimente? ¿Es justo que mientras en Cayala se hacen desfiles de moda con marcas de lujo, en los hospitales públicos muera gente por no haber medicina o una niña de 7 años tenga que lavar carros para ayudar a la economía familiar? ¿Es bueno que en lugar de construir más comunidad reaccionemos indignados: “si no te gusta, no vayas a Cayalá”
¿Es ese el modelo al que le debemos seguir apostando al país?
¿Cómo construir una economía, una sociedad, un sistema, es decir, un Estado, que asegure que no haya ni un niño/a que muera de hambre, que todos tengamos acceso a educación y salud, que todo/as tengan la libertad de hacer de sus sueños su proyecto de vida y su realidad a partir de un mínimo nivel de desarrollo humano y de acceso a oportunidades? Definitivamente, con indicadores que muestran que el poder sigue agrupado, los mercados siguen concentrados, la democracia sigue capturada, la pobreza aumenta y la exclusión se perpetúa, lo que hemos estado haciendo en los últimos años no pinta bien.
¿Qué tal pensar que en lugar de que se gaste tanto en amurallar ciudades ficticias, en comprar armas y pagar guardaespaldas construimos un nuevo sistema más solidario? Es imperativo que quienes gobiernan, en lugar de ajustar su sueldo con mordidas y coimas para escapar de su corrupta realidad viviendo con miedo buscando blindarse, sean más honestos consigo mismos, rindan cuentas con la sociedad, cumplan su mandato y la ley y con responsabilidad moral inviertan el dinero en donde se debe para que en unos años, no muchos, sino toda la ciudadanía pueda caminar en la calle sin miedo de que quien va al lado nos va a asaltar o secuestrar para hacer realidad sus “sueños materiales”.
¿Podemos unirnos para construir una sociedad más realista que esos guetos de felicidad artificial? Cada vez me convenzo de que sí.

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