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Opiniones de hoy

Doña Gloria y las Caletas de Benito

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Si callamos, permitimos; si permitimos, somos cómplices…

Hace unos días hice un viaje a la Guatemala de postal; aquella con bellos paisajes, dramáticos desniveles y una diversidad de microclimas. Un viaje a la Guatemala que despierta en quien la descubre, la necesidad de ser parte de ella, de poseerla; en fin, de ser guatemalteco. Ya había sentido esto antes. El hermoso lago de Atitlán, Semuc Champey, Tikal, los Cuchumatanes, los cenotes de Candelaria, sus majestuosos volcanes, la Antigua Guatemala… Todos estos, entre otros, me habían hecho sentir orgulloso de ser “chapín”. Pero este viaje no era turístico, ni mucho menos a un paraje como los antes mencionados. Visitábamos una de las arterias de la guerrilla durante el conflicto armado interno: San José Poaquil en el departamento de Chimaltenango.

El viaje fue por la inauguración de los huertos familiares en la casa de doña Gloria, una aguerrida empresaria, pequeña productora de café que participa hoy en una iniciativa de emprendedurismo rural impulsada por la Organización de la Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, Wakami –la marca que se ha convertido en un emblema de empoderamiento de mujeres–, y una reconocida empresa en la industria del café. Esta alianza tripartita busca convertir ciclos de pobreza en ciclos de prosperidad a través del empoderamiento de las mujeres. Doña Gloria es una, de lo que se espera sean muchas mujeres que tomen el control de su presente para alcanzar sus metas a futuro. Su pasado es poderoso y muchos de los que leemos estas líneas, seguramente hubiésemos sucumbido ante los obstáculos que mujeres como ella viven a diario.

San José Poaquil es un lugar de bellos paisajes que pocos conocerán, pues, como muchos otros en Guatemala, este es un lugar olvidado. La ruta conlleva kilómetros de terracería con vistas impactantes. De no ser por uno que otro mototaxi desafiando las inclinadas laderas del camino, hubiéramos sido los únicos en la ruta. Por supuesto, pasamos por un puesto de salud que estaba cerrado a media mañana, situación que no cambió a media tarde cuando regresamos. Durante el camino de ida, las redes sociales nos dieron la noticia del hallazgo de Q122 millones en una residencia en Antigua Guatemala. ¡Qué contraste en cobertura entre las empresas telefónicas y la salud del Estado! Irónico también que la noticia de las caletas que supuestamente le pertenecen al ministro de Comunicaciones del desgobierno de Jimmy Morales, la hayamos recibido en una ruta de bueyes y después de haber pasado por la “megaobra” del libramiento de Chimaltenango.

Doña Gloria nos recibe en su casa, que se encuentra alborotada por la implementación de los huertos familiares, la puesta en marcha de 150 gallinas ponedoras y la medición de peso y talla de las mujeres y niños allí presentes. Al saludarla y presentarnos, nos dijo: “Dicen que estoy gorda”, frase que termina con una contagiosa carcajada. Nos presenta a su familia: Kimberly, Angélica, Antonio y Lucas, de este último nos dice que pasa ahora todo el tiempo en el corral con las gallinas. Su esposo lleva ya un buen tiempo como expatriado en Estados Unidos, razón por la cual han sobrevivido y educado a sus hijos. En ese instante el júbilo del momento llega a su fin y las lágrimas acompañan el relato de una vida en la que los sueños son truncados, las oportunidades inexistentes y la esperanza, intangible. Es aquí donde la fe cobra un sentido sin igual. En mujeres como doña Gloria, les permite convertirse en algo más que una estadística. Tres de sus hijos son universitarios y el más joven aún asiste al colegio. Antonio, con la voz desquebrajada, nos cuenta que estudia enfermería porque su sueño de ser médico no será una realidad por falta de recursos.

Doña Gloria es una líder nata, una empresaria capaz de sobrevivir y salir adelante contra toda adversidad. Como ella, hay miles de mujeres en los lugares más recónditos del paisaje guatemalteco a quienes nuestra sociedad ha abandonado; a quienes el Estado no hace más que censar, si bien les va. En estos lugares, a los guatemaltecos la corrupción les habla de frente y sus efectos los condenan a vivir en pobreza y pobreza extrema a perpetuidad. Los malditos como Benito y tantos otros que como él se han dedicado a enriquecerse de manera ilícita a costa de los demás, lo han hecho porque lo hemos permitido. En muchos casos por indiferencia, y en otros, por complicidad. Si callamos, permitimos; si permitimos, somos cómplices…

 

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