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Opiniones de hoy

El martillo de las brujas

opinion

Los únicos que pueden parar estas olas de denuncia son los hombres.

El feminismo es una revolución mundial que no se va a detener. Lleva más de un siglo empujando los límites de una sociedad desigual y moviendo las fronteras en las que nos han querido confinar. El derecho al voto, a la educación y al trabajo, la igualdad ante la ley y los derechos sexuales son algunos de los logros que debemos a nuestras antecesoras que no tuvieron miedo de exigir ser tratadas como humanas.
Las imágenes de millones de mujeres alrededor del mundo erizan la piel. Hay enojo, hay rabia, pero también hay ternura, apoyo y solidaridad. Este 8 de marzo, Día internacional de las Mujeres, la participación fue impresionante. La creatividad para denunciar y demandar pasa por marchas, huelgas performances, bailes, y violencia contra monumentos. Quisiéramos ser pared para que se preocupen por lo que nos pasa, gritan.
Aquí en Guatemala, ese día también es el aniversario del incendio en el Hogar Seguro Virgen de la Asunción, donde 56 niñas fueron quemadas y 41 murieron de una manera digna de la peor página de la Inquisición. Es un día por lo tanto de dolor, de lucha, de reivindicación. El caso de las niñas es paradigmático de lo que sucede cuando las mujeres se atreven a denunciar a sus abusadores o violadores. No solo se les ignora, no se les hace caso, sino que son castigadas por atreverse a denunciar. La mayoría de las denuncias públicas o penales de las mujeres son banalizadas, silenciadas, disminuidas, no creídas. Por ello muchas mujeres optan por otros métodos. El #Metoo, #NiUnaMenos #UnVioladorEnMiCamino son campañas que buscan empatía, una respuesta, un cambio en la sociedad y que se caiga el sistema opresor. El Tendero del hostigamiento sexual en Chiapas, El Muro de la vergüenza en Saltillo y la empapelada de Ciudad de Guatemala con las caras de acusados de agresión son nuevas formas de denuncia que no siguen los protocolos aceptados por la sociedad “civilizada”. Son acciones que se trabajan en colectivo y cada vez son más contundentes y extremas ante la indiferencia de organizaciones y tribunales que han puesto oídos sordos a las denuncias. Para muchos podrán no ser los métodos adecuados, pero esto va a seguir pasando mientras crezca el alto grado de impunidad en casos de acoso sexual o violaciones. Imagino, por ejemplo, lo difícil que ha de ser ir al Ministerio Público a contar que tu “mejor amigo” te violó mientras dormías en su cama (estabas borracha y confiaste en que él te cuidaría), o que tu compañero de lucha social insiste en rozarte, tocarte o acosarte sexualmente. Muchos de estos casos jamás van a llegar a un tribunal.
Ahora los defensores de las buenas formas, y de que las mujeres seamos correctas y obedientes, se atreven a comparar estos “escraches” con linchamientos, con inquisición o técnicas de guerra. Es otra forma de acusar de feminazis a las mujeres que denuncian. Toda esta situación parece salida de el Malleus Maleficarum (El Martillo de las brujas), un compendio usado durante siglos para castigar a las mujeres desobedientes. Comparar una denuncia anónima con el sufrimiento de las mujeres torturadas, humilladas y quemadas vivas es descomunal. No me sorprende que ahora intenten desacreditar y criminalizar a comunicadoras, periodistas que cubrieron la noticia, la compartieron o a quienes nos atrevemos a cuestionar a los acusados.
Los únicos que pueden parar estas olas de denuncia son los hombres. Véanse en un espejo, pregúntense ¿por qué me están acusando? ¿cómo son mis relaciones de poder con las mujeres con las que trabajo o convivo? ¿Soy agresivo en mi trato? Hemos visto cómo primero muchos lo negaron todo y luego no les quedó otra que aceptarlo. Pasó con Harvey Weinstein, con Plácido Domingo. Aquí en Guatemala hay denuncias serias contra artistas o comunicadores como Bruno Campo, Paulo Alvarado, Rafael Gutiérrez y Martín Rodríguez Pellecer. La lista crece exponencialmente como el coronavirus.
Yo solo veo una vacuna posible: el feminismo.
@liberalucha

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