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Opiniones de hoy

“Tiempos recios” en el Teatro Nacional M.A. Asturias


“El escritor tiene una situación en su época; cada palabra suya repercute”. Sartre

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Pocas veces una novela ha suscitado tantos comentarios acá con la obra homónima de Vargas Llosa centrada en Guatemala con giros dominicanos y estadounidenses en el proceso de la caída de Jacobo Arbenz en 1954. Y es que pese a que el Premio Nobel se dice liberal –en un mundo donde hay muchos tipos de liberales– tomó partido por Arbenz y con admiración, porque fue legítimamente electo, pero que fue derrocado por otra democracia: Estados Unidos y sus comparsas. Lo que resultó en una catástrofe para la región: en lugar de haberse asentado la democracia en Guatemala para que fuera un ejemplo para salir de los dictadores, que eran una plaga en esos años en América Latina, Washington fulminó las democracias (dejando solo a Costa Rica, Uruguay y Chile), y convirtió a Guatemala en otra dictadura más. A pesar que se decía defensor del mundo libre, EE. UU. intervino junto con la United Fruit, Somoza y Trujillo plagando el hemisferio de mentiras contra Arévalo y Arbenz al decir que eran comunistas, contrariados por su nacionalismo democrático, pues este chocaba contra los intereses de la multinacional United Fruit, cuyo accionista mayoritario era Samuel Zemurray. Eso porque en una democracia era más difícil sobornar a los gobernantes que a los dictadores, donde se respetan más o menos las normas laborales, se elevan los salarios mínimos y se atiende a los de abajo; y se trabaja por ellos, incluso para generar los votos en las elecciones generales.

Vargas Llosa en la intervención en el Teatro Nacional MAA el martes tres de este mes hizo gala de esa interpretación, y considera que los doscientos mil asesinados después de la caída de Arbenz es el legado terrible que dejó EE. UU. y los militares acá en Guatemala y en América Latina. Qué diferencia, dijo, habría sido si no hubieran conjurado los hermanos Dulles, Zemurray, Bernays y los sátrapas Somoza y Trujillo, que envenenaron Guatemala y luego el continente. La CIA estuvo detrás de los militares locales en los países subordinados para cometer innumerables tropelías en la región.

Vargas Llosa fue cuestionado allí por un historiador argentino, Carlos Sabino, que hizo una biografía de Arbenz, sesgado por el empresariado trasnochado que lo patrocina: cuestionó la admiración del Nobel por Arbenz. Y es que Sabino en esa biografía peca de parcial al oscurecer a Arbenz con mentiras, por ejemplo que su esposa le fue infiel sin prueba alguna; o que Arbenz adquirió su finca El Cajón con fondos públicos, y otras falsedades, sin decir nada de la invasión extranjera que lo derribó, una ominosa omisión.
Si bien Sabino se achicó luego Francisco Pérez de Antón se quedó corto cuando Vargas Llosa lo invitó a opinar sobre esa discusión y no quiso hacerlo. Prefirió hablar de la novela histórica como él la entiende con el fin de que el lector tenga un goce estético, como cuando se escucha la ópera Nabucco que no espera que se le cuente la historia de los judíos en Babilonia, sino se deleita con la música. Vargas Llosa le hizo ver que, por el contrario, (como Miguel Ángel Asturias) el escritor tiene el compromiso de desentrañar los problemas de una sociedad, y estar comprometido con su tiempo como Sartre aconseja. Eso le da sentido al oficio de escritor. No escribe para dar un goce estético sino busca sacudir a la gente para que no se conforme, reaccione y evite ser manipulada. Agregó que de joven siguió los consejos de Gustave Flaubert (como Asturias) de pulir lo escrito una y otra vez cuando descubrió que no era un genio. Al concluir su cátedra, Vargas Llosa instó a la región a apostar por la democracia con vocación social como Arbenz lo deseó. Por ello, ¿la Universidad Marroquín, según El País, le cerró sus puertas a otro libre pensador?

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