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Opiniones de hoy

¿Cómo nos arreglamos?


En la corrupción, fines y medios se justifican, tirando la ética al basurero.

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Estudiar la conducta humana por medio del lenguaje puede resultar en una tarea fascinante y reveladora. Las palabras son acciones. Tienen fuerza. Son pensamiento mismo. Por ejemplo, la gente hace uso cotidiano de los refranes para expresar su sentir. Herón Pérez los define como “expresiones sentenciosas, concisas, agudas, endurecidas por el uso, breves e incisivas por lo bien acuñadas, que encapsulan situaciones y andan de boca en boca”.

Ahora, la corrupción es una conducta que obstaculiza el desarrollo humano. La corrupción mata. Sin ir más lejos, todos sabemos que consiste en utilizar influencias para ayudar a familiares o amigos a conseguir trabajo; saltarse un trámite engorroso; evadir una multa; pagar por un “favor”.

La corrupción se presenta camuflada por expresiones elaboradas, que jamás reconocen su gravedad. Pocas veces es directa y abierta porque sería intolerable para la sana moral y los buenos hábitos. Si en el mundo real se habla de soborno, acá se le dice “mordida”. Tenemos infinidad de ejemplos de cómo muchos, que supuestamente deberían defender el combate contra la corrupción, disfrazan sus palabras, frases, oraciones completas de absurdos, con el fin de protegerse y blindarse con impunidad.

La tolerancia social hacia la corrupción es espantosa. No es preocupación esencial. Acá pasa todo y no pasa nada. La verdad es que se le buscan nombres para suavizarla: “movida”, “arreglo”, “transa”, “acuerdo”, “negocio”, “hueso”. Ah, y “tengo un amigo” o “me deben un favor”. Hasta se habla de “dinero mal habido”, vaya elegancia para referirse a los ladrones. Se escuchan palabras como “compensación”, “comisión”, “aporte”, “cooperación”, “porcentaje”. Todo con tal de maquillar la ilegalidad para que parezca legal.

Siempre llevando como excusa el mal funcionamiento del sistema, se intenta justificar el recurrir a vías alternas, que ayuden a hacer la justicia personal (cooperación para agilizar trámites). Hay juicios gigantes sobre esto, para luego invisibilizarlos. De alguna manera, existe cierta legitimidad social hacia esas conductas. Hay refranes que lo demuestran: “¿Cómo nos arreglamos?”; “El que no transa no avanza”; “El dinero abre todas las puertas”; “Todos tenemos un precio”; “Cuando el dinero habla, todos callan”; “Ladrón que roba a ladrón, tiene cien años de perdón”; “Poderoso caballero es don dinero”; “La ocasión hace al ladrón”.

En la corrupción, fines y medios se justifican, tirando la ética al basurero. Así comienza, así lo permitimos y nos convertimos en parte del fenómeno que no nos deja avanzar. Que nos quita el aire. Luego, los gobiernos lo hacen suyo. Tan suyo que se vuelve naturaleza, institución: “que roben, pero que hagan algo”. Mientras tanto, la penuria insiste.

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