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Opiniones de hoy

Su nombre era bondad


Marco Tulio Gutiérrez, Alma grande.

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En esta tierra lo conocimos como Maco. En su acta de nacimiento figura como Marco Tulio Gutiérrez Arenales, nacido en Chimaltenango, no recuerdo en qué día ni año. Si usted guglea su nombre es muy probable que no lo encuentre, pues figurar fue lo suyo. Lo suyo fue atender, con entrega inigualable, a la gente de las comunidades que requerían servicios de salud, y que el Estado no atendía. Maco no fue médico, pero los especialistas nunca cuestionaron sus diagnósticos. No solo curaba el cuerpo de las personas, aliviaba su alma.

Hace más de 40 años formó un verdadero ejército incansable de promotores de salud comunitaria que, con escasísimos recursos, desplegó hasta las aldeas y caseríos más remotos. Las nuevas generaciones que preparó y que ahora conducen la Asociación de Servicios Comunitarios de Salud (Acecsa) trabajan con la mística, entusiasmo y optimismo que Maco les impregnó. En esa institución, que fue su hogar, lo despidieron el lunes 26 con su familia y amigos. Marta, su esposa, y sus hijos Marco Antonio, Marta y Jorge Luis.

Ese lunes 26, a las 2:08 de la madrugada recibí en Panamá un escueto chat de Marco Antonio. “Mi papá murió hace unas horas.” Sentí una punzada en el pecho y ya no dormí. Se desató en mi cabeza una verdadera catarata de recuerdos.

Lo conocí a principios de la década de 1990. Fue un amigo entrañable y leal. Mi maestro y sabio consejero. Como si leyese en el cielo mis señales de socorro, aparecía sin anunciarse en los momentos más difíciles. Nunca perdí un detalle de sus narraciones alucinantes. Conocía como nadie la geografía entera del país, y la describía con minuciosidad de antropólogo aplicado.

En algún momento notó mi incredulidad y seguramente por eso –sin decírmelo- me invitó a acompañarlo a uno de sus fantásticos viajes. Lo emprendimos, acompañados de un par de muy buenos amigos, Karin y Fito. Fue un viaje irrepetible con destino al norte de Petén. Nunca transitamos las rutas convencionales. Del Usumacinta saltamos, no sé cómo, a Sayaxché. Apenas saludábamos a los lugareños y ya estábamos navegando en el río La Pasión. Describía cada rincón como quien te hace el tour en su casa.

Pero eso no fue lo más sorprendente. La gente lo recibía como el entrañable hermano que regresa a casa después de un largo viaje. “Teníamos los ojos secos de no verlo.” Sobra decir que nos ofrecían sus más preciadas viandas y el mejor de sus abrigos en ranchos sencillos pero dignos. “Nos hizo falta cuando no sabíamos qué decisión tomar.” Sus hermanos, como él les decía, le confiaban sin dudarlo sus penas y alegrías. Al nomás recibirlo corrían la voz. Convocaban a primos, tíos, abuelos y sobrinos para celebrar su visita. Al tiempo que sonreía abrazándolos, sus ojos se humedecían. Con él aprendí lo que es un verdadero líder. Sufría con su gente, y con ellos gozaba sus éxitos.

Su trabajo, en aquellos aciagos años, no fue sencillo. Fueron años de persecución, sospechosismo y delación. Quien se movía en las comunidades sin el permiso de “la autoridad” encajaba como “blanco de oportunidad”, o sea, un sospechoso de asociación con los subversivos, por tanto, sin preguntar a fiscal o juez alguno, lo mataban.

Maco sobrevivió a cualquier acecho por una razón más que evidente. La gente lo quería. Ni siquiera los colaboradores del Ejército lo iban a difamar.

Estas líneas no alcanzan a retratar a este hombre noble, sabio, sencillo y sincero. Sin duda, Alma Grande.

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