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Opiniones de hoy

Bromas inocentes y bromas peligrosas

opinion

En 1838 llegaron a Hawái los primeros misioneros estadounidenses.

 

El peligroso bromista que preside los Estados Unidos declaró su deseo de comprar Groenlandia, la isla más grande del mundo. De inmediato muchos se rieron de la “puntada” de un presidente que se ve acosado por adversarios y enemigos reales, o bien inventados por una mente cada día más desequilibrada, pero extremadamente hábil para desviar a su favor la conversación colectiva. Sin embargo, lo que parecía una “guasa” maestra del presidente para cambiar el foco de atención de los medios a terrenos más favorables, el propio Trump se encargó de aclararlo casi de inmediato. La compra de Groenlandia no era una broma, iba en serio; tan en serio que, cuando la primera ministra de Dinamarca respondió que Groenlandia no estaba a la venta y que pensar en la posibilidad de comprar el extenso territorio (tres veces más grande que Texas) y con una población de 60 mil personas era simplemente absurdo, Donald Trump dio como respuesta la cancelación intempestiva de una visita de Estado al reino danés, largamente programada e insultó a otro más de sus aliados. Quizás haya que recordar que el presidente Truman también quiso comprar la isla en 1946. En aquella ocasión la oferta estadounidense fue de cien millones de dólares. Es evidente que la compraventa también fue rechazada por el Gobierno danés. Pero ni los presidentes Trump ni Truman son excepciones a la visión geoestratégica de largo plazo de los Estados Unidos. Por ejemplo: en 1803, el presidente Jefferson compró para la joven república americana el extenso territorio de la Luisiana, en quince millones de dólares. El precio pagado a la Francia de Napoleón fue una verdadera ganga: siete dólares por kilómetro cuadrado. En febrero de 1848, en el “Tratado de Guadalupe Hidalgo”, firmado entre la república de México y la república de los Estados Unidos de América, se reconoció la independencia de Texas y se trasladaron al dominio estadounidense un total de dos millones trescientos sesenta mil kilómetros cuadrados de territorio mexicano, por el precio de quince millones de dólares. Un poco más tarde, en 1853, México vendió “La Mesilla”, un territorio de casi setenta y siete mil kilómetros cuadrados, en otros diez millones de dólares, equivalentes a unos 230 millones de dólares actuales. Alaska fue otra compra territorial que hicieron los Estados Unidos; en esta ocasión al imperio ruso, en 1867, a cambio de 7.2 millones de la divisa de Norteamérica. Así siguió creciendo territorialmente la poderosa y expansiva república americana. En 1838 llegaron a Hawái los primeros misioneros estadounidenses. En 1875, los descendientes de estas familias ya controlaban más del ochenta por ciento del territorio cultivable de las islas y su anexión formal por parte de los Estados Unidos ocurrió el 7 de julio de 1898, como resultado de un proceso de crecimiento de los intereses comerciales que los Estados Unidos tenían en Hawái. Ya en el siglo veinte, en marzo de 1917, los Estados Unidos tomaron posesión de las Indias Occidentales Danesas, una cadena de islas caribeñas compradas a Dinamarca en veinticinco millones de dólares, ahora conocidas como Islas Vírgenes estadounidenses. Sin duda, desde la perspectiva histórica estadounidense, comprar territorios y poblaciones no es ninguna broma absurda. La República Americana del “Destino Manifiesto” creció y se expandió enormemente gracias a una clara visión geopolítica y estratégica de sus líderes, que, por lo visto, incluso en el caso de un presidente peligrosamente ignorante e irresponsable, hace todo el sentido ofertar por un extenso, rico y estratégico territorio en el Ártico. El presidente Trump ha seguido la misma pauta y solo se ha equivocado de modo y de siglo, no de visión y actitud.

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