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Opiniones de hoy

Bajo censura

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Libertad para ser perversos.

 

El reino de las redes sociales es libre para todo aquel que en estas elecciones desee exponer y difundir los trapitos sucios de los candidatos, o inventar patrañas. Las ratas están felices, animadas por el derecho a agredir a sus adversarios, con licencia para financiar y pagar difusión de sus acusaciones. Al contrario, no se puede, ni para la defensa ni para hablar bien de alguien, porque eso se entiende como promoción. Hemos abierto las puertas a una caja de Pandora, de donde saldrán huracanes, se agudizará la desconfianza y frustración de la población, la apatía, y se desestimulará la participación ciudadana en los próximos comicios.

La educación tradicional dictaba que no se debe hablar mal de nadie, y que quienes quisieran postularse a un cargo debían presentar su plan, sus ideas, para que la gente considerara las opciones y eligiera según su deseo. Un candidato podía plantearse por ejemplo como permisivo, frente a otro muy autoritario, y los ciudadanos optar de acuerdo a las necesidades del momento, porque hay épocas en que se requiere un espaldarazo o mantenerse firmes, y entre las opciones manda la voluntad de la mayoría. Ahora, nada qué ver. Hoy no sabemos cómo son los contendientes nuevos, y sí de los viejos, de quienes hay un menú extenso de metidas de pata, deslices, trucos, malos hábitos y mañas.

El extraño arreglo parece conceder también libertad a los medios informativos para decidir a quienes quieren mencionar o presentar al público, y cómo. Quienes sean ignorados no les quedará opción sino atraer los reflectores vía ingeniosidades totalmente distantes de la meta, como las del mediático Neto Bran, cuya caída del caballo es más importante para el juicio cívico que un mérito académico, una idea genial o la intención generosa del sacrificio por los demás. Es el dominio del espectáculo aprobado por el sistema, para callar la boca a los candidatos o motivando a que realicen escándalos y se expongan al ridículo.

Estamos a prácticamente dos meses de las elecciones y la población está en cero, aún no sabe por quién votar, no tiene idea de los candidatos ni de tanto partido extraño, con logotipos raros, como uno que recuerda a una marca famosa de bebidas gaseosas. El escenario se percibe fatal, y los ciudadanos van a encontrarse en las urnas con una sábana llena de logos extraños, desconocidos, que solo confundirán su decisión, que al final quizá caiga en la simplicidad del tin-marín-de-dos-quién-fue.

Estas elecciones se recordarán en el futuro como de ratas salvajes, donde solo queda libertad para ser perversos.

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