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Opiniones de hoy

Saturación de empresas políticas


Se disputan la administración de los recursos de la nación.

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La política nos sumió desde la Independencia en la tensión entre conservadores y liberales, posturas radicales encendidas que condujeron a las armas y violencia en los momentos más intensos. Los conservadores defendían “la costumbre”, reglas y creencias que aplicaban tanto para los ladinos que añoraban la dependencia de la corona española, con sus reglas y hábitos sociales, como para los campesinos que protegían su estructura social desde su relativa esclavitud, sin voz ni voto. Los ladinos liberales fueron motivados por la idea de progreso de la masonería, e impulsaron la producción nacional para generar riqueza, tras llevar a cabo su propia revolución.

La política fue antes asunto de ladinos, repartidos entre las dos vertientes clásicas, hasta cuando las nuevas ideas trajeron al medio la preocupación social, la inclusión, los derechos e igualdad y el reconocimiento de los dominados. El movimiento social que rompió con la explotación, se identificó como de izquierda, y a la contraparte se le llamó derecha. En realidad, lo que surgió fue una tercera mirada, que se volvió a fraccionar en izquierda conservadora, que pide igualdad pero también demanda el derecho de los oprimidos a continuar viviendo según su costumbre, y la izquierda liberal, que reclama igualdad en educación y progreso.

La aceptación de la realidad del mundo moderno, urbano y dinámico, y la superpoblación, hizo admitir los principios básicos de la izquierda como inevitables e ineludibles; es decir, el discurso pasó a ser parte del sistema, porque ya nadie discute el derecho a la oportunidad e igualdad, ni es admisible la esclavitud, y hay una preocupación general seria por satisfacer las demandas colectivas. La izquierda así como el conservadurismo tradicional, pasaron a ser matices en las nuevas corrientes. Por ejemplo, en el pensamiento verde de los ecologistas, hay un cierto fraccionamiento entre conservadores, que niegan al hombre el poder de dominio sobre la naturaleza, y liberales que pretenden regular y hacer eficiente la gestión de los recursos naturales.

En la actualidad, los partidos políticos pasaron a ser puras empresas electorales de sectores sin ideología clara, que se disputan la administración de los recursos de la nación. El vacío ideológico quizá provoque el renacimiento del bipartidismo de siempre, repartiendo a la sociedad entre quienes pretenden conservar y los que se preocupan por transformar. La tensión regulada por el voto democrático permitiría administrar a la nación con cierta moderación, para conducir la nave equilibradamente. Un tanto de transformación, y un respiro. Bastaría con dos o tres partidos para evitar el naufragio.

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