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Opiniones de hoy

El Salvador: la prueba del bipartidismo

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¿Cambio del eje derecha/izquierda?

 

En las elecciones presidenciales celebradas ayer en El Salvador, estuvo a prueba el eje político derecha/izquierda, dominante desde la firma de los acuerdos de paz hace 25 años, que ha tenido como protagonistas a Arena y al FMLN. En Centroamérica, El Salvador es el único país en el que prevalece el esquema bipartito, tras el golpe de Estado de 2009 en Honduras que rompió la centenaria competencia Nacional/Liberal.

La emergencia de un candidato presidencial independiente, el exalcalde de San Salvador, Nayib Bukele, supone la edificación provisional del sistema político salvadoreño en torno a un novedoso eje no ideológico: “lo nuevo vs. lo viejo”. La pérdida de hegemonía del derechista Arena y del izquierdista FMLN (erosionados por el ejercicio del poder, sus métodos clientelares y salpicados ambos por escándalos de corrupción) abrió la fisura a un tercero que les disputa el poder.

Bukele es un político treintañero, de origen empresarial que hizo carrera política durante más de una década en el FMLN, de donde fue expulsado hace un año y cuya marca de gestión como alcalde de Santa Tecla y San Salvador, es la obra física. Líder carismático e inorgánico (no es hombre de partido), montó una plataforma ciudadana virtual sin identidad ideológica. Mediáticamente es agresivo, irreverente ante los símbolos verticalistas y rígidos de la excomandancia guerrillera, y desafía constantemente al poder económico tradicional. No tiene programa de gobierno ni un equipo profesional de Estado. Su primer círculo político es su propia familia, que le dirigió la campaña. Su ascenso estelar se explica, además, por el uso intensivo y muy eficaz de las redes sociales.

Bukele es otro símbolo de los tiempos que barren sistemas políticos decadentes e instituciones marcadas por la corrupción, repudiadas por la ciudadanía en el continente. No obstante, no hay certeza si este tipo de liderazgos representan la alternativa de reforma estructural que requiere un sistema en franca crisis, ni si son capaces de mitigar las brechas sociales dilatadas por los partidos clientelistas y que volvieron inviables a nuestros países. En Guatemala, con Jimmy Morales, nos salió peor la cura que la enfermedad.

Aunque Bukele encabezó holgadamente las encuestas de intención de voto, no es automático que rompa el voto duro de los partidos tradicionales, poseedores de densas redes territoriales de base. El apoyo de Bukele proviene de población de 18 a 30 años, que representa alrededor del 30 por ciento del padrón electoral. Una parte significativa del electorado adulto aún se mueve bajo el patrón ideológico polarizado. Esto abre el escenario para una segunda vuelta electoral el 10 de marzo, probablemente entre Bukele y Carlos Calleja, candidato de Arena.

Una sombra permanente durante el proceso electoral fue la poca confianza en el TSE, dada la tradicional distribución del control de las instituciones entre los partidos (el TSE está bajo la influencia de Arena, y se negó a que la sociedad civil realizara un conteo rápido, prueba de transparencia del escrutinio en las democracias abiertas). Bajo el lema “el sistema funciona como está”, la clase política y empresarial agrupada en la ANEP, ven al candidato emergente como una amenaza “populista”, impredecible e inexperto. En caso que ganara las elecciones, Bukele gobernaría, al menos hasta marzo de 2021, con una Asamblea Legislativa adversa. Bajo esas condiciones, su promesa de crear una CICIG salvadoreña (CICIES) no parece viable en el corto plazo, ni la legislación que propone para desmantelar el viejo sistema clientelar y corrupto.

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