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Opiniones de hoy

Adiós al guardián

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Que en su viaje ilumine los caminos de otros.

 

Crecí como crecen muy pocas niñas indígenas en Guatemala, rodeada de libros que me llevaban a otros mundos y que por años, se convirtieron en mis compañeros de aventuras y juegos. Sin embargo, dentro de los viajes a otros universos poco material existía que me motivara a conocer mi entorno, mis raíces, mi pueblo, mis ancestros o mi lengua materna -que el racismo cruel de Quetzaltenango me arrebató.

Y entonces, siendo niña apareció Ak’abal, quien al escucharlo leer su poesía me hacía pensar que estaba ante la presencia de un gigante, un guardián, un imponente árbol, que nos contaba que a las piedras les gusta guardar silencio, que el fuego canta y apaga tristezas, que los espíritus a veces nos visitan, que los bosques nos hablan a través de sus hojas o de los pájaros.

En un entorno segregacionista, como el guatemalteco, su poesía fue un respiro. Ak’abal poetizó el fuego, el pom y nuestros ritos, cuando estos aún los escondíamos por el miedo y el desprecio, mucho antes de que se volvieran moda en entornos ladinos o estatales. Dentro de la modernidad y el multiculturalismo que confundía y confunde el folclorismo dentro de las artes y la literatura, con una falsa equidad o inclusión, el trabajo de Ak’abal nos acercaba con armonía, pena, amor y dolor a nuestra realidad indígena de una manera real, honesta y sencilla. Con cada texto, Humberto abrió el camino para que mi generación aprendiera que aunque Guatemala fue diseñada para que el mecapal acabe con nuestro cielo, nuestra herencia, nuestra cultura, lengua, cosmovisión -resumida en verso- era digna e importante.

Humberto escribió para el mundo, pero sobre todo para nosotros las y los mayas y dentro del racismo que nos arrebata todo, la tierra, los recursos, el idioma, la vida y la esperanza, no debemos permitir que nos arrebaten su legado. La herencia de Ak’abal la debe registrar la literatura nacional ladina tal y como es. No debemos permitir que blanqueen su nombre, que omitan del mapa a su pueblo: Momostenango, que intenten borrar su identidad rebelde al convertirlo en “un guatemalteco”, en “uno más del mundo de la literatura o la poesía” o en “un hermano”. Guatemala no perdió a un poeta. Guatemala perdió a un cantor Maya, a un creador k’iche’, a un versista indio. Sobre todo, porque su estrella, su genio, sus letras que viajaron el mundo y se vistieron de muchos idiomas, no fueron suficientes para salvarlo y proveerle una vejez o una muerte digna. El maestro murió como mueren la mayoría de indios en Guatemala, pobre, en un hospital público mal atendido y, sobre todo, mucho antes de tiempo.

Que en su viaje ilumine los caminos de otros. Para que surjan cantores que se enorgullezcan de su tierra y su entorno, y le sigan cantando al país desde sus idiomas y sus culturas.

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