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Opiniones de hoy

Receta para el despegue guatemalteco


Ojo, ciudadano: busque en las próximas elecciones a un movimiento político que proponga una “Reforma Patrimonial” que “privatice”, correctamente, activos republicanos.

 

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Enzarzada en las guerras civiles que terminaron separándola de sus hermanas centroamericanas, Guatemala no pudo ocuparse de la “dotación patrimonial fundacional” para sus ciudadanos desposeídos, al obtener su Independencia. La nueva República perdió otra oportunidad cuando la población aún era pequeña en relación al territorio, al adoptar nuestros falsos liberales del siglo XIX un “capitalismo de plantación”, que consolidó nuestra estructura social bipolar. Falló la República, nuevamente, con el fracaso de la Reforma Agraria arbencista, que nos dejó, además, tercamente enfrentados, sin encontrar la fórmula para hacer de esta, una pacífica “República de todos los ciudadanos”. Repito: con diecisiete millones de habitantes en acelerada urbanización y transitando de una economía agraria a una de industria ligera y de servicios, una Reforma Agraria de tipo “arbencista” en nuestra Patria es hoy aritméticamente imposible, técnicamente regresiva y políticamente inviable. Sin embargo, si queremos “dar el salto” hacia un capitalismo moderno, democrático e incluyente y dejar de exportar “mojados”, hay que suplir de manera inteligente y novedosa, la dotación patrimonial fundacional que esta República nunca le dio a sus ciudadanos de a pie. Solo así saldremos, de veras, de nuestro impasse histórico.

En la década de los ochenta del siglo pasado, se presentó una oportunidad de lograr tal objetivo: el llamado “consenso de Washington”, que enfatizaba la reducción del papel del Estado en la economía, revisó “el recetario” para el mundo en desarrollo. A través de instituciones internacionales y regionales, la “privatización” de las empresas estatales entró en la agenda de los norteamericanos para la América Latina. Los gobernantes de la región, siempre ávidos de la aprobación y la dádiva norteamericana, “abrieron” más sus economías y le entraron de lleno a la “privatización”. Vinicio Cerezo, por ejemplo y pese a su retórica “social-demócrata”, llevó a cabo la privatización del espectro electromagnético utilizado por los hoy llamados “teléfonos celulares”. Lo hizo en condiciones virtualmente monopólicas y favoreciendo a sus allegados; dando origen a una de las más cuantiosas fortunas de América Latina, en un cuestionable proceso, similar al seguido en México, en el caso de Carlos Slim. Unos años más tarde, el gobierno de Arzú, también a tono con dicho “consenso de Washington”, continuó con el proceso de privatizaciones, entre las que destacan la del sistema de generación y distribución de la energía eléctrica y la del sistema general de comunicaciones telefónicas (GUATEL).

No obstante, hubo más de Porfirio Díaz que de Abraham Lincoln en esos actos políticos de Cerezo y de Arzú: se desperdició otra oportunidad histórica para avanzar en dirección a la “República de propietarios”, pues en vez de dotar directamente a los ciudadanos de participaciones en las nuevas empresas “privatizadas” (subastando entre grandes operadores internacionales únicamente lo que los norteamericanos llaman un “controlling interest” –la mayoría de las acciones, reservando para la propiedad directa de los ciudadanos el resto), el proceso condujo a la formación de sistemas oligopólicos, sumamente lucrativos, del que surgieron un puñado de nuevos multimillonarios instantáneos, pero del que las mayorías no salieron patrimonialmente beneficiadas. Por pequeño que hubiese sido el estímulo individual (en términos monetarios), imagine usted lo que hubiese pasado en Guatemala en las últimas tres décadas si los ciudadanos guatemaltecos hubiesen recibido, cada uno, acciones de lo que hoy son las telefónicas y las empresas eléctricas. Lo que hubiese pasado si esas acciones se hubiesen podido utilizar como “enganche” en adquisición de vivienda, como garantía para préstamos a la pequeña empresa, o como simples activos transables en un mercado de capitales hoy aún inexistente…

D. Acemoglu y J.A. Robinson en su “bestseller” llamado “Por qué fracasan las naciones” (Why nations fail) hacen un análisis histórico comparativo mundial y llegan a la conclusión de que las sociedades prósperas son aquellas que desarrollan instituciones políticas y económicas incluyentes (en las que participan la mayoría de los ciudadanos) y que las que fracasan son las que generan instituciones que al final, resultan “extractivas” del sudor de las mayorías. Guatemala ha desperdiciado varias oportunidades históricas de crear una República de Propietarios, en la que la mayoría de los ciudadanos se sienta “socia del Proyecto Nacional”. Pero eso aún puede cambiar. En Guatemala hay un “canal seco” por construir, por ejemplo. Una red nacional de carreteras de peaje. Una red de ferrocarriles. Un Metro. Yacimientos minerales y petrolíferos por desarrollar. Y muchos grandes proyectos más. Podemos seguir haciendo como hizo Porfirio Díaz en México en el siglo XIX y enfatizando la naturaleza bipolar de nuestra sociedad. O podemos imaginar un mundo mejor y hacer como hizo Abraham Lincoln cuando creó una “sociedad de granjeros”, de “igualdad de oportunidades”, en los Estados Unidos, a partir de 1852…

Ojo, ciudadano: busque en las próximas elecciones a un movimiento político que proponga una “Reforma Patrimonial” que “privatice”, correctamente, activos republicanos. Que proponga, también, una “Profundización Democrática” que haga valer la auditoría ciudadana sobre los gobernantes. Se tiene que gestar una opción política que nos rescate de solo poder escoger entre los conservadores (con diferentes ropajes) que no quieren que nada cambie y alguna permutación marxoide, de esas que persiguen una “refundación” radical de la República. Debemos buscar una opción auténticamente liberal que sin duda, brincará próximamente a la palestra. Sí, ciudadano: ahora, en vez de solo quejarnos, debemos buscar votar “por el despegue”…

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