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Opiniones de hoy

Dos discursos a prueba


Ni una buena carretera, ni un buen hospital, ni un policía o juez honesto, se construyen a base de discursos ideológicos.

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Las dos economías más grandes de la región y del mundo, México la quinceava y Brasil la novena, estrenarán este fin de año gobiernos de molde ideológico diferente hasta contrario podríamos decir, pero surgidos de condiciones sociopolíticas muy similares.

El domingo fue electo en Brasil Jair Bolsonaro, en la que ha sido calificada como la elección más sucia y confrontativa en la historia moderna de ese país. Fue una victoria indiscutible con un margen del diez por ciento frente a su rival heredero de Lula da Silva.

La figura de Bolsonaro se hizo grande tras los escándalos de corrupción de Petrobras y Odebrecht, al haber sido el principal detractor del gobierno del PPT, alzando un discurso violento y contrario a las políticas sociales y económicas impulsadas durante los últimos 15 años por este último. Logró en poco tiempo sumar el voto castigo y posesionarse como alguien que responderá a los ciudadanos y no a estructura política alguna. Sin embargo, para llegar tuvo que pactar con figuras tradicionales y tiene frente así un Congreso dominado por la oposición.

En México el triunfo de Andrés Manuel López Obrador llegó en forma de tsunami. Arrasó como nadie lo había logrado obteniendo mayoría en las dos cámaras legislativas, Senado y Congreso, y una buena cantidad de las gubernaturas estatales y de gobiernos municipales. Esta victoria con mayoría absoluta la obtuvo en su tercera carrera por la presidencia con un discurso antisistema que cuestionaba el uso del poder político en beneficio de unas pocas élites.

Pese a sufrir una de las campañas más fuertes y mejor financiadas en su contra, obtuvo el mejor resultado electoral registrado en la historia democrática de México que inició con la entrada del siglo. Hablamos de dos figuras con recorrido e historia muy disímiles pero que lograron respaldo de dos sociedades cansadas de modelos políticos señalados de convivir con mucha corrupción e impunidad.

En las dos sociedades más pobladas de la región hay cansancio del contubernio entre gobiernos y grupos y redes de corrupción que gozan de impunidad para enriquecerse ilícitamente mientras muchos buenos empresarios y la ciudadanía en general se ve castigada por la competencia desleal, el incremento de la pobreza, el abandono de los servicios esenciales, altos niveles de criminalidad que ahuyentan la inversión y generación de empleo, y que no se explican de otra forma sino por la infiltración y cooptación de las fuerzas de seguridad y de justicia por las mafias y redes de corrupción política económicas permitidas por la administración en turno.

Se confirma que en América Latina nos seguimos moviendo política y electoralmente de manera pendular es decir que ni los partidos, ni las ideologías han logrado asentarse para construir consensos y pactos políticos durables que estabilicen la preferencia del voto. El voto sigue siendo motivado por el estado anímico que domine la coyuntura. Solo Chile y Uruguay quedan como excepciones, coincidentemente dos de los países con mejores indicadores de desarrollo humano y más baja percepción de corrupción en la región.

Pero lo que vemos en común es que no importando el sesgo o denominador ideológico sea derecha o izquierda, los gobiernos percibidos tolerantes con la corrupción y la impunidad son rechazados porque detrás de esa complicidad, se encuentran muchas explicaciones a los problemas sociales y económicos que afectan la calidad de vida de las poblaciones.

Como quiera, asistimos a un referéndum regional en el que los pueblos están manifestando su hastío por gobiernos corruptos, sin importar las envolturas políticas ideológicas que las revistan.

El mensaje está bien claro: las poblaciones tanto de México como Brasil y toda Latinoamérica quieren gobiernos consistentes éticamente que así como discursan contra la corrupción de otros, persigan la corrupción de los propios, total el camino para el desarrollo y el progreso está suficientemente probado que no depende de ninguna fórmula ideológica sino de una oferta programática que actúe con ética, responsabilidad y sentido común pues ni una buena carretera, ni un buen hospital, ni un policía o juez honesto, se construyen a base de discursos ideológicos, sino de políticas bien definidas ejecutadas con transparencia.

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