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Opiniones de hoy

La doble moral de nuestra soberanía

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Guatemala es el país soberano, en el que la corrupción es normal.

Sin tener en consideración las consecuencias –internacionales y nacionales–, el Ministerio de Relaciones Exteriores pide el relevo del embajador de Suecia, Anders Kompass. Hablar de Kompass está de más, ya que su reputación le antecede como un intachable diplomático de carrera y un ser humano extraordinario. Un amigo de Guatemala, porque así se considera él mismo, y así lo considera la mayoría de sectores de nuestra sociedad. Es acusado, por parte del Gobierno, de haber emitido comentarios considerados como una “injerencia”. Según Sandra Jovel, ministra de Relaciones Exteriores, el motivo que llevó al Ejecutivo a solicitar la salida de Kompass obedece a que en una conferencia de prensa, el diplomático llamó “corrupta” a la sociedad guatemalteca.

Para hacer un análisis objetivo de las declaraciones del señor embajador, hay que escucharlas para evitar caer en el error de sacarlas de contexto. Dichas palabras fueron pronunciadas durante la entrega de un donativo de US$9 millones a la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG), el que se sumaba a un total de US$36 millones que el Gobierno de Suecia ha aportado a la Comisión. Un gran cooperante no solo en el tema de CICIG, sino un histórico acompañante en temas de derechos humanos y desarrollo social. Suecia es, sin duda, un amigo del país. Ahora bien, ¿puede decirse lo mismo de Guatemala, después de la decisión del gobierno de Jimmy Morales? Como bien dice la ministra Jovel, “la decisión es soberana y responde a la política exterior del país”. Lo que está claro es que esta acción no cuenta con el beneplácito de la mayoría de guatemaltecos, quienes no están dispuestos a tolerar el aislamiento internacional por decisiones poco estudiadas; que suman a la polarización y al conflicto sectorial, y que dejan una pésima imagen a nivel internacional. Inclusive el grupo de donantes G13, que incluye a Estados Unidos, expresó en un comunicado de prensa al Gobierno de Guatemala que, “confían en que dicha decisión pueda ser reconsiderada”.

El discurso de Kompass habla de percepciones, de incentivos para alcanzar los cambios, de instituciones públicas disfuncionales, de cambios institucionales, de reglas de juego, de sociedades corruptas, de cambios de comportamiento y de una medicina fuerte que, según él, se llama CICIG. En su discurso, habla de Guatemala, por supuesto que sí, pero lo hace desde la perspectiva del combate a la corrupción y la impunidad. Labor que su país ha ayudado a financiar, lo que considero le da la solvencia y el derecho para abordar dichos temas.

No obstante, hoy se pide el relevo del diplomático por, supuestamente, haber llamado “corrupta” a nuestra sociedad. Esta misma sociedad a la que el presidente califica de considerar la corrupción como “normal”. ¿Cómo podemos ser tan disonantes? El presidente Morales dijo en una frase –durante la entrevista con el periodista Jorge Ramos, al referirse a los casos de los que se acusa a sus familiares–, que: “Todo eso es parte de una corrupción que se ha vivido en el país, una corrupción que de una u otra forma, en determinado momento, se ha considerado como normal”. Sin darse cuenta, pone en evidencia la realidad de Guatemala que pocos estamos dispuestos a reconocer. Si somos francos, la manera de abordar el tema y de definir la corrupción como “normal”, es más un común denominador entre los guatemaltecos, que una excepción.

La declaración del presidente Morales es alarmante, ya que se excusa en nuestra cultura para justificar un acto delictivo. Es esta percepción, este actuar nuestro, a lo que Kompass se refería. Pareciera estar en sintonía con el presidente, con la diferencia de que el Gobierno sueco –que el embajador Kompass representa–, financia activamente la medicina que nuestra sociedad necesita. El Gobierno de Guatemala, ¿qué está haciendo?

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