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Opiniones de hoy

“No bailaré al ritmo de la guerra”


La guerra de ocupación es el mecanismo de destrucción impuesto por el poder hegemónico de países como Estados Unidos o Israel en todo el mundo.

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Con esta declaración contundente empieza uno de los poemas más hermosos de la poeta palestina Suheir Hammad, exiliada por la ocupación israelí a su territorio.

La guerra de ocupación es el mecanismo de destrucción impuesto por el poder hegemónico de países como Estados Unidos o Israel en todo el mundo. Un mecanismo que genera ganancias, por eso no acaba, a pesar de los tratados de Paz como decretos.

Construir la Paz es otra cosa: Asumirla como dinámica social desde el reconocimiento, la equivalencia entre personas y con la naturaleza. La paz como justicia y sin jerarquías racializadas, sexualizadas, de clase, edad o de cualquier condición.

Por grotesco que parezca, no sorprende la decisión del gobierno de trasladar nuestra sede diplomática a Jerusalén, arrastrando entre sus pies pactos internacionales que seguramente estorbaron desde siempre a los regímenes militares que recibieron apoyo de Israel durante el conflicto armado interno.

La eficacia de las estrategias contrainsurgentes que el Ejército de Guatemala implementó con el apoyo de Israel, tuvieron como resultado la eliminación de personas y poblaciones consideradas “enemigas”.

El Estado de Guatemala, gobernado por un partido de militares contrainsurgentes y corruptos, comprometidos con el genocidio, la desaparición forzada, la violencia sexual y otros, ha encontrado la marioneta y la “ocasión” ideales para agradecer la “eficacia” de uno de sus patrones en la historia de exterminio de este país.

 El gesto, según el limitado entendimiento del mandatario, tendrá como efecto el apoyo de Estados Unidos para deshacerse de la Comisión Internacional Contra la Impunidad o mejor, del comisionado Iván Velásquez.

Los tambores de guerra se intensifican en Guatemala y Palestina, en ambos territorios han marcado su ritmo de muerte. En Guatemala sigue operando la lógica de ocupación y despojo tan bien aprendidos; el control social no sólo criminaliza a lideresas y líderes de las resistencias, en las últimas semanas ha concretado más de cuatro asesinatos contra personas comprometidas en luchas sociales por la defensa de sus territorios.

En la franja de Gaza sigue corriendo la sangre palestina en el marco de un acto de imposición que ignora la ética, las relaciones internacionales, el respeto y la autodeterminación de los pueblos, y del cual el Estado de Guatemala es parte. No basta la vergüenza ajena, la indignación y la náusea que provocan.

Abrazamos al pueblo palestino y también al pueblo judío que rechaza la supremacía militar de su gobierno. Abrazamos a las familias de los compañeros de CCDA y CODECA asesinados. Hacemos propia la poesía de Suheir Hammad cuando nos dice:

“La vida es un derecho, no un daño colateral o casual. No olvidaré de dónde vengo. Tocaré mi propio tambor. Reuniré a mis amados cercanos y nuestro canto será danza. No seré engañada. No prestaré mi nombre ni mi ritmo a su sonido. Yo bailaré y resistiré y bailaré y persistiré. Este latido de mi corazón suena más alto que la muerte. Su tambor de guerra no sonará más alto que mi aliento”.

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