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Opiniones de hoy

Crónicas de Santo Domingo (Parte II)

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El “fukú” es la maldición que trajo consigo la historia sucia de América.

El largo fin de semana decretado por el régimen moralista, me permitió sumergirme en una buena novela: La maravillosa vida breve de Óscar Wao del autor Junot Díaz, dominicano de nacimiento. Nada mejor para comprender un país que su literatura. Esta nos adentra en una saga familiar marcada por la historia. El cruce malévolo con Trujillo y la pervivencia del trujillismo a lo largo y ancho de la vida política del país como una huella sucia que, en el imaginario colectivo, se torna en “fukú” o sea una maldición. La gigantesca diáspora de dominicanos que huyó del país no pudo escapar del fukú. Lo llevaba en la sangre.

De Colón no hay más que un paso para el “colonialismo” y del colonialismo, no hay más que un paso a la construcción de una historia sucia. Corrupción, depredación y violencia que no pueden sino concebirse como huella maligna, sobrehumana. Si lo sabremos nosotros. Guatemala no puede reconocer su rostro sino a partir del colonialismo y poscolonialismo, hasta el día de hoy, cuando van desmoronándose los pedazos de esa pésima construcción que algunos llaman “institucionalidad”.

Dos muertes simbólicas trajo el mes de abril: Efraín Ríos Montt y Álvaro Arzú. A los dos los acompaña una aureola casi mágica, capaz de transformar a un ser humano en una poderosa metáfora. En el caso de Ríos Montt, se trata del poder militar y de esa tremenda fiesta que se dieron con nuestro país por cerca de cuarenta años. Una fiesta donde se despacharon sin límites, abusando del poder y desbordando la frágil frontera del límite humano y lo demoníaco. En el imaginario de los guatemaltecos, Efraín Ríos Montt resume el sistema que lo permitió, en otras palabras: fukú.

En el caso de Álvaro Arzú, se trata de la encarnación de la soberbia criolla, altanera, protegida por un linaje familiar, por una fortuna ancestral, que se asume como la cualidad para dirigir los destinos del país, de administrar la “democracia”. La estatura del padre legítimo, frente a sus hijos ilegítimos. Quizá la imagen sea falaz porque su vida tuvo muchas aristas, pero el sistema que él representó, altanero, soberbio y clasista, es real. En otras palabras: fukú.

La muerte de dos símbolos resulta relevante. Estamos gobernados por el inconsciente y el mundo de los sueños (que en Guatemala, casi siempre son pesadillas). Y, como en la novela de Junot Díaz, el desafío estará siempre en crear una vida significativa, aun cuando se parte de un mundo en permanente destrucción. Al desaparecer estas dos metáforas de nuestras cabezas, al verlos reducidos a personas de carne y hueso, mortales al fin y al cabo, quizá nos podamos quitar de encima el fukú que la historia “moderna” nos lanzó encima. Y, liberados de las fantasías que generó con todo y sus figuras de poder, hallemos la fuerza para crear una realidad diferente, alejada al fin de la pesadilla. Colón no descubrió el Nuevo Mundo.

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