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Opiniones de hoy

Y del futuro, ¿qué?

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La coyuntura no nos permite ver hacia delante, y pronto ese futuro será nuestro presente.

Guatemala se encuentra sumida en una batalla, ¿entre quiénes? Por momentos, y en la superficie, aparenta ser la histórica batalla entre el bien y el mal. En esta lucha los bandos se definen por aquellos que están a favor de la labor de la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG), con Iván Velásquez al frente, y aquellos que están en su contra. Con la descafeinada labor de la CICIG, previo a la incorporación de Iván Velásquez, definir posturas no era tarea difícil, ya que el enfoque de las investigaciones que se pondrían en marcha era desconocido, y en muchos casos se consideraba una fantasía. Pero como es bien sabido que en Guatemala la realidad supera a la ficción, la CICIG fue capaz de convertir nuestras leyendas en realidad; una realidad que no somos capaces de afrontar, digerir y construir a partir de ella.

El Partido Patriota (PP) nos hizo encontrar un común denominador en nuestra dividida y polarizada sociedad: la indignación. Una estructura concebida para saquear el Estado y nada más, nos llevó a unirnos con un solo objetivo: destronar dicha estructura partidaria, empezando por el binomio presidencial. Sin embargo no nos percatamos de que, aunque el PP llegó a los más altos niveles del descaro, sus prácticas no eran exclusivas de ese partido y administración. Son herencia de una historia en la que muchos sectores han participado, y de la que decenas de individuos se han beneficiado. Las ideologías perdieron inmunidad ante este flagelo, dejando claro que la corrupción y la impunidad son enfermedades comunes. La realidad que la labor de la CICIG empieza a mostrar, es que la corrupción es parte integral de nuestra sociedad, y si le damos el suficiente tiempo seremos testigos de su presencia en todos los sectores que la conforman. No pretendamos arreglar 500 años de historia en tres años. Aunque no lo crean, esto apenas empieza.

La verdadera batalla es al interno de cada individuo y de cada sector. Sin librar estas batallas, será imposible abordar el diálogo y el debate que nos permitan llegar a consensos. Nuestros intereses siempre estarán en conflicto, y tendremos que llegar a los mínimos comunes para avanzar. A cada individuo le toca hacer un análisis personal de su involucramiento en la construcción de la sociedad a la que pertenece; evaluando tanto sus acciones, como sus omisiones. Y a cada sector le tocará definir posturas, a partir de la autoevaluación. Pretender que solo un sector comulga con la corrupción y la impunidad es un error. Si logramos una justicia independiente, con el tiempo nos daremos cuenta de que en todos lados se cuecen habas.

Ahora bien, aunque estoy convencido de que ningún sector se encuentra libre de mal, estoy seguro que hay quienes no han sido más que víctimas de este flagelo, teniendo que sobrevivir en sus consecuencias. Pero de igual manera estoy convencido de que se necesita de los demás para construir un nuevo episodio, una Guatemala en la que impere el Estado de derecho y dé a todos una mejor oportunidad de vida. Es ingenuo pensar que solos podrán, y que los sectores que se beneficiaron del sistema corrupto –o los que se dejaron llevar por él convirtiéndose en cómplices–, desaparecerán. Lo que se espera es una renovación de liderazgos…

Hoy son los políticos, los funcionarios y los empresarios; pero pronto serán más –algunos que jamás habríamos pensado–, quienes se sumen a la lista. Para mí, lo que nos toca evaluar es de qué lado de la historia estarán de ese momento en adelante y, aunque no debemos olvidar nuestro pasado, tengamos presente que no avanzaremos si no perdonamos. Hoy se pone a prueba de qué estamos hechos y seguro habrá un selecto grupo que se aferrará al conflicto; ya sea porque no quieren que las cosas cambien o porque no practican la tolerancia y empatía que el futuro demanda.

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