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Opiniones de hoy

La insoportable degradación de la actual clase política


La misma degradación política hace que personas de la misma calaña moral se asocien casi naturalmente.

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Las declaraciones ofrecidas por el colaborador Juan Carlos Monzón en el caso Cooptación del Estado revela la degradación moral que plagaba el gobierno de Otto Pérez Molina y Roxana Baldetti. A pesar del desencanto generalizado con la política, asombra el entusiasmo patológico con los automóviles deportivos, los helicópteros y las lanchas que ocupaba el tiempo de la pareja presidencial y su abyecto séquito de colaboradores.

Es posible, sin embargo, acercarse a una comprensión de las razones de la abyección política que nos indigna. Para comenzar, es necesario reconocer que la maldad política es una realidad extendida, desplegada prácticamente en todas las comunidades y épocas de la historia. De este hecho, sin embargo, no se deben extraer las consecuencias incorrectas.

Así, en primer lugar, se precisa evitar la conclusión precipitada de que el ser humano es malo por naturaleza. Esta creencia agrava de hecho la anomalía ética que se quiere explicar, puesto que entonces la maldad política sería lo más natural, cuando lo que nos asombra es precisamente el respectivo nivel de degradación. Frente a esta aseveración, se evidencia el hecho incontrovertible, ya subrayado por San Agustín, de la libertad humana: actuar bien o mal supone un acto de la voluntad.

Ahora bien, es obvio que una persona en un puesto de poder no pierde su libertad moral. De este modo, en segundo lugar, se debe cuestionar el pretendido carácter inmoral de la política. ¿No sucede más bien que el ejercicio del poder desenmascara a algunas personas? Lo prueba un hecho bastante usual: el súbito cambio que experimentan algunas personas cuando acceden a alguna posición de poder. Este fenómeno se hace patente, además, en la forma en que ciertas personas usan su poder minúsculo para afirmar su dominio en reducidos círculos como suele suceder en las familias o en las oficinas, entre otros lugares.

A mi juicio, lo que se debe explicar más bien es la abundancia de idiotas morales en los puestos en los que se ejerce mayor poder político. La respuesta tal vez radique en la misma estructura de la actividad política. Es un hecho conocido que el tránsito hacia el poder político es particularmente favorable al encumbramiento de personas sin escrúpulos, aquejadas con una evidente ceguera moral. Las personas comunes no se imaginan actuando de la misma manera en que lo hacía el círculo más cercano del gobierno del Partido Patriota. En ese sentido, la misma degradación política hace que personas de la misma calaña moral se asocien casi naturalmente.

A mi juicio, estas consideraciones permiten comprender las razones por las cuales muchos puestos de gran responsabilidad son ocupados por seres profundamente corruptos. Esto acontece tanto en el sector privado como en el sector público. La mayoría de las personas, a pesar de la fragilidad de la voluntad humana, no están dispuestas a caer en actitudes que afectan al prójimo en sus intereses más legítimos como son la salud y la educación. Esta es una prueba adicional de que el ser humano no es malo por naturaleza.

Lo dicho, sin embargo, también muestra que la corrupción involucra una gran zona de comportamientos grises. De este modo, subir la escalera de la ignominia es posible porque algunos se prestan a jugar el papel de escalones. Así se desarrolla una multitud de conductas cuestionables, como la cobardía, la complacencia, el silencio cómplice, el arribismo, la crueldad y la codicia.

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