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Opiniones de hoy

De víctimas a cómplices

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Los guatemaltecos pasamos de ser víctimas de un sistema corrupto, a ser cómplices de uno impune.

Estoy convencido que a ningún guatemalteco le gusta escuchar que nuestra sociedad ha colapsado, y mucho menos que sean responsables de dicho desplome. Somos ajenos a una “cultura de legalidad” y nos hemos acostumbrado a vivir en perpetua corrupción. Estoy de acuerdo con que no todos somos corruptos, pero con nuestro silencio, apatía y tolerancia nos vemos envueltos por el sistema y terminamos cediendo y convirtiéndonos en protagonistas.

La corrupción no es un tema ideológico, de ella se nutre por igual un sindicalista que el empresario o el religioso. Para ser corrupto no hay que ser ni de izquierdas ni de derechas, simplemente hay que ser deshonesto. No por tener poder se es más corrupto que quien posee menos. Tampoco es un tema socioeconómico o de etnia, ya que en nuestro tejido social no existe inmunidad a este mal.

Lo alarmante de la corrupción es nuestra capacidad de convivir con ella, de tolerarla dependiendo del grado en que la misma nos afecte o de quién la practique. Somos permisivos, sin darnos cuenta que con ignorarla la validamos. De ahí que hasta lleguemos al descaro que el presidente de la República la considere “normal”, públicamente. Con esta actitud pasiva en contra de este “cáncer”, pasamos de la corrupción a la impunidad, creando una “elite” intocable que bajo estas condiciones nos ha manipulado y gobernado a perpetuidad. Una “elite” conformada por corruptos, –provenientes de todos los sectores de nuestra sociedad–, que tienen a la corrupción como hilo conductor.

Llegamos al colmo de repetir y convertir estas frases en nuestras realidades: “Este robó, pero al menos hizo algo”, “Otros han robado más”, “Para qué pagar impuestos, si todo se lo roban”, “Ahora puedes pagar para que alguien haga la fila por ti, en Migración”, “Todos los que lleguen, llegan a robar”, “A mí no me afecta la corrupción”, “Todo tiene un precio”, “Nada va a cambiar”. Manejamos en estado de ebriedad, no respetamos las señales de tránsito, pagamos mordidas, la mayoría del comercio opera en la ilegalidad, y veneramos la cultura del más pilas. Eso somos, una cultura de “transas”, sin darnos cuenta que con esta forma de vida, hemos cimentado las bases de una cultura de ilegalidad, pavimentando el camino de la corrupción y la impunidad para aquellos que con nuestro beneplácito han llegado a cooptar el Estado.

No nos permitamos caer en esta guerra mediática –fabricada a la medida de lo que estamos acostumbrados a oír y con la que hemos sido manipulados toda la vida–, en la que se pretende que escojamos bandos ideológicos, cuando lo que realmente está en juego es entre lo que es correcto y lo que no lo es. La nuestra es una sociedad en la que ha imperado la cultura de ilegalidad, y será muy difícil salir ilesos al tratar de erradicar la corrupción y la impunidad. Habrá quienes fueron víctimas del sistema, pero que inevitablemente se convirtieron en cómplices para sobrevivir. De igual manera, habrá quienes encontraron en este, una manera de operar y de enriquecerse desmesuradamente. Algunos se benefician, otros sobreviven y algunos simplemente lo ignoran. Todos somos cómplices.

Hoy levantan su voz los defensores de la “cultura de la ilegalidad”, al ser expuestos e investigados por la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (CICIG) y el Ministerio Publico (MP). No les pedimos más, únicamente que se sometan al imperio de la ley, y que dejen por un lado el discurso polarizador que han adoptado y con el que intentan llegar hasta la última consecuencia. No seamos indiferentes, tolerantes y permisivos. No permitamos que estas cortinas de humo opaquen las verdaderas batallas, como lo es la importantísima elección del próximo Fiscal General. No caigamos en este pulso de poder y seamos conscientes que si nos dejamos manipular una vez más, seremos cómplices y no víctimas del futuro que hoy estamos escribiendo como sociedad.

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