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Opiniones de hoy

La premisa de la realidad

opinion

“Las dificultades con que se topan nuestros sistemas legales han renovado los debates sobre la naturaleza del derecho”. (John Ralston, Los Bastardos de Voltaire).

 

Guatemala vive la era del gobierno de los jueces, y es más, de los altos togados penales. Resulta chocante lo kafkiano y sincrónico de las acusaciones. Por ejemplo, en el caso del clan de Chinautla, conformado por una verdadera familia del crimen, las declaraciones de Manfredo Marroquín de Acción Ciudadana nos muestran que allí hay mucha historia detrás.

“Esas acusaciones son viejas, tienen más de ocho años de estar engavetadas en el MP”, afirma. Y es que la sociedad civil se ha armado de mecanismos para efectuar auditoría social, pero nada. Antes de doña Thelma, ni Ministerio Público ni mucho menos la Contraloría General de Cuentas dejaron su avestruciano comportamiento. Pero como entre gitanos no se leen la mano, se anuncia que la Dura Lex se dirige a los caciques metropolitanos, que siguen como si nada en sus cotos prohibidos.

Y si ello sucede con Medrano, imaginemos el tsunami que nos rodea cuando observamos que hasta el Titular ante la Junta Monetaria designado por el gran sector corporativo se encuentra hoy ante la justicia, derivado de transacciones de altos vuelos en donde también están involucradas corporaciones de postín hasta de don Carlos Slim.

Pero los que escribimos columnas de otro discurso, de alcance medio, vinculadas al quehacer y la construcción del bienestar colectivo, nos preguntamos ¿en dónde están los nuevos constructores del cambio?, los académicos y los analistas se encuentra ensimismados en sus elucubraciones; mientras que los de la clase política están jalando agua para su molino, ante la artritis administrativa y el alzhéimer que padece el Ejecutivo.

Y si no miremos el difícil entorno de las contrataciones y las adquisiciones del Estado, pues sabido es que el gasto público es una notable maquinaria del consumo y la inversión, de aquí hasta Tombuctú. Y es que hay un marasmo derivado no solo de las acciones penales sino de la presencia de una vetusta Ley de Contrataciones del Estado, que sufrió varias reformas como parte de las demandas de la Plaza, para las que bien vale aquel dicho de “no me defiendas compadre”.

En un almuerzo reciente en donde estaba un versado abogado, de esos que se ve que sí conocen de su arte, me dice: “cuando una ley se estrella con la realidad, simplemente sufre de la llamada premisa de la realidad”; es decir que ha sido diseñada en un vacío mediocre, sin conocer lo que estaba regulando, sin hacer un diagnóstico actualizado de las complejidades, y sin las técnicas necesarias, ingenieriles y financieras, para determinar la cantidad de

entuertos regulatorios que debiera anticipar.

“Cuánta razón tenés” le dije al instante. Por ejemplo, cuando se estaba en los albores de tales reformas se prometieron mecanismos transparentes de gasto que saldrían como por debajo de las piedras, con toda la sofisticación digital que uno pueda imaginar; y el término ese de “subasta electrónica inversa”, se posicionó como espuma en el discurso de los ponentes de la reforma.

Y como se creía que además aparecerían los precios de referencia y los funcionarios idóneos como por arte de magia, no se promulgó ningún artículo transitorio que dijera algo así como “mientras estas pomposas novedades se implantan y las instituciones se preparan, la transición será hecha de tal forma para que la gente tenga sus medicinas o las carreteras se rehabiliten”. Eso ni por asomo, porque la idea de los inquisidores torremarfilescos era guillotinar a los corruptos de la noche a la mañana, pero ahora se dan cuenta de que desde su diletante postura, las cosas no son como se pintan.

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