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Opiniones de hoy

¡Buenos días señor maestro (a)!


Todos los guatemaltecos estamos educando a los demás, desde que nos levantamos, empezando por el mismo hecho de levantarse.

Sí, me dirijo a usted. Usted es maestro, o maestra. Aunque no lo llamen así por las calles o en las plazas, todos somos maestros, porque todos estamos siempre enseñando. Y ese es parte del cambio de mentalidad que necesitamos en Guatemala, hacernos conscientes de que día a día estamos enseñando, de palabra y de obra. Y por omisión también. Quienes educan a nuestros hijos no están en las escuelas. Quienes educan a nuestra juventud se encuentran en las aulas, escolares o universitarias. Todos los guatemaltecos estamos educando a los demás, desde que nos levantamos, empezando por el mismo hecho de levantarse, con la disposición de salir a trabajar, en un país con tan elevados índices de violencia, que a veces, en broma, se dice que la decisión más sensata sería quedarse en casa. Recientemente estuve a punto de ser multada por la Policía de Tránsito. Iba a intentar una maniobra desesperada para evadir una cola de dos horas a la salida de un evento, al cual no había asistido, –aunque este hecho no altere para nada mi responsabilidad objetiva–. La patrulla que me divisó a lo lejos, de un bocinazo me disuadió de la audacia que me proponía. En realidad habría que decir que no me la proponía porque no lo había reflexionado. A los pocos minutos la patrulla me alcanzó y un agente me multó. Al platicar con el jefe de grupo le hice ver que no cabía, según mi leal saber y entender, la figura de tentativa en la reglamentación de tránsito. Al cabo de un rato de conversación, se me “disculpó”, por decirlo así de la casi iniciada ejecución de una mala decisión que ni siquiera terminé de empezar. Pero lo más importante de esta historia es que fue una escuela de aprendizaje de mucha riqueza para todos los actores. Quienes transitaban cerca de mí aprendieron que las autoridades –las de tránsito, al menos–, en fiel cumplimiento de su deber, están pendientes del más mínimo indicio de una posible infracción. Los agentes de la patrulla aprendieron que ninguna autoridad puede inventarse figuras no tipificadas en las leyes. El jefe del grupo aprendió que debe capacitarse continuamente porque puede toparse con ciudadanos que amable y respetuosamente le expliquen que la autoridad administrativa solo puede hacer lo que la ley le permite. Y yo fui la que más aprendí: aprendí a pensar antes de actuar, a respetar y valorar a los servidores públicos que se ven impotentes muchas veces ante las imprudencias –actuales o potenciales– de nosotros los ciudadanos; aprendí la grave responsabilidad de mi mal ejemplo, aunque rectifiqué a tiempo, por lo que también aprendí que siempre podemos enmendar nuestra conducta. Ese día, ciudadanos, agentes del orden, mi familia y yo, fuimos maestros, unos de otros, alumnos todos, en esta anécdota cívica.

*Abogada y notaria, miembro de la Asociación La Familia Importa.

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