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Opiniones de hoy

Don Dinero

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La niña se imagina a los padres, acariciándose sobre un volcán de monedas.

 

Dinero, plata, pisto; solo de eso se habla en este deteriorado planeta. Crecen los niños con la idea de que sin él no se puede vivir. Los niños van a la escuela solo con lo necesario: una gabacha para no ensuciar la ropa, la lonchera, con un vaso térmico con rosa de Jamaica, galletas. Ya en el colegio, un estanquillo con gomas de mascar, chicharrones de plástico y tostadas los espera al salir al recreo. Una amiga regordeta abre su monedero y extrae un billete que se transformará en caramelos, paletas y nachos.

Como es contagiosa la ambición, regresa la niña del colegio y suplica: –Quiero pisto para comprar dulces en el colegio–. –Crees que estamos sentados en pisto– responde la madre, mientras revisa las tareas de la patoja. La niña se imagina a los padres, acariciándose sobre un volcán de monedas.

Los patojos notan que están creciendo, cuando aparecen los dientes. Lavándose los dientes, la niña nota que uno de los dientes está por caerse y desprende de la encía. Coloca el diente en un sobre y escribe con letra tosca: “Se me cayó este diente. Espero la recompensa”. Despierta y lo primero que hace es hurgar bajo la almohada. Encuentra el sobre, lo rasga y adentro encuentra una moneda refulgente. Inocente, ingenua, no se da cuenta que ha trocado el preciado marfil por el metal de una vulgar moneda.

Con el relato del diente y la moneda resucitan sucesos aciagos: quiebras de bancos, trinquetes, trápalas y escamoteos de dinero de oficinas presidenciales, alcaldías, gobernaciones, registros, policías, cajas de seguridad, gavetas; todo por la ambición desmedida, las ansias de poder, los malos manejos, la impunidad descarada, de dueños, deportistas, contratistas, empresarios, socios, jefes, directivos, vocales, hasta secretarios del primero al último.

Aparece de pronto, el genio de don Francisco de Quevedo para afirmar: “Todo es hipocresía, pues llaman trato a la usura y burla a la estafa. Madre, yo al oro me humillo; él es mi amante y mi amado, pues de puro enamorado, anda contino amarillo; pues que doblón o sencillo, hace todo cuanto quiero, poderoso caballero es Don Dinero”. Lástima que nunca escucharon a Quevedo, los adoradores del dinero que no terminan nunca.

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