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Opiniones de hoy

Chillones

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Quiere tapar con un dedo el sol de su desfachatez.

El Diccionario de guatemaltequismos de Lisandro Sandoval, en su definición de chillón pone: “dícese del muchacho o muchacha que son muy quejicosos o que se chillan por cualquier cosa baladí”. Cabal es el calificativo que le podemos aplicar a un montón de personajes públicos que recurren al llanto, a la lástima, al chantaje, para cumplir algún objetivo, que puede ir desde satisfacer una necesidad hasta la voracidad.

En Centroamérica dicen que los chapines son re chillones, sobre todo por el habladito de voz aguda y tono de súplica, aderezado de solemnidad, que se usa para solicitar un servicio o un favor. Oiganse hablar: “Ala, será que me tal cosa” o “disculpe, sería tan amable”.

Los poderosos son otros chillonazos cuando se ven señalados por abusar, por perpetuar las injusticias. Tales son los casos de los dueños del país y de los militares implicados en la corrupción y la violencia. Ahora que se ven en el banquillo de los acusados, ante jueces imparciales y justos, se dan golpes de pecho, fingen estar enfermos, se refugian en la edad avanzada, oran y piden a sus dioses que les den la salvación. Una gran patraña que da vergüenza ajena. Con berrinches procuran justificar sus errores o conseguir lo que buscan.

Cuando los empresarios se quejan que no hay condiciones para implantar su modelo, y piden a los gobiernos eximirles de pagos, otorgarles subsidios y quitarles obligaciones, recurren al chantaje y a exigir el cumplimiento de sus demandas, argumentando que han aportado mucho al país: fuentes de trabajo, inversiones, desarrollo. Fácil se anuncian esos logros, pero cuando los contrastamos con las condiciones de vida de la clase trabajadora empobrecida, con las brechas de desigualdad y con el deterioro ambiental que su proyecto ha dejado, nos damos cuenta del engaño.

Los dueños del país, así como los militares, son sociedades de machos que se han amparado en la fuerza y la violencia, más que en la dignidad y la valentía, para constituirse en clase dirigente. Ellos son los responsables de que el proyecto revolucionario se viera interrumpido, con la posterior cauda de muerte y dolor. Viéndose arrinconados por la historia, hoy se ponen a gemir por los rincones, a mover sus influencias para que no se les aplique la ley como corresponde.

Jimmy Morales, un típico ladino urbano, religioso, machito, encarna el estereotipo perfecto: no solo contraviene el estatuto de laicidad del Estado, sabiéndose acuerpado por sus semejantes, sino que hace un numerito con lágrimas y somatón de mano que resume el repertorio del chapín chillón. Trata de esconder su incapacidad e ignorancia con pucheros y llantos plañideros, queriendo tapar con un dedo el sol de su desfachatez.

Ocupar un puesto de decisión política requiere tener conciencia de la gran responsabilidad que significa representar los intereses colectivos. Hacer el ridículo con dramas, recitar discursos vacíos, ampararse en seres extraterrestres o fingir demencia no son dignos de nadie, menos de quien dice ser presidente del país.

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