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Opiniones de hoy

La risa revolucionaria del coronel


Nos congrega al encuentro del infinito de esos otros que también somos nosotros.

 

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En el silencio vasto de la noche, entre cerros milenarios, vuelve él galopando en su caballo. Enraizado al incesante movimiento y entre tinieblas apenas se desdibuja una imagen confusa y quebrantada de aquel hombre a caballo.

Corría el año de 1938, un 10 de noviembre. Ese día, cuenta María Vilanova en su libro Mi esposo, el presidente Arbenz, se celebraba la feria en honor al cumpleaños del dictador Jorge Ubico, cuando el entonces capitán Ramiro Gereda Asturias le dijo: “Ven María te voy a presentar a un cadete muy especial, a quien llamamos El Suizo”. Ese cadete era Jacobo Arbenz, y ese capitán era mi abuelo. Me gusta imaginar y rehacer esa escena en mi memoria porque la misma marcó para siempre la historia del país.  Me grabó el deseo de intentar descubrir quién era ese capitán de quien heredé los genes.

Nació en Retalhuleu un 28 de octubre de 1910 y murió el 14 de septiembre de 1993.  Siendo ya presidente Jacobo Árbenz, en 1951 envía como embajador de Guatemala a Panamá al coronel Gereda. Contaba el abuelo Ramiro que en los últimos días del año 1954 el Presidente panameño le pidió que lo acompañara a una carrera de caballos en el Hipódromo de Panamá. Correría una yegua suya contra una de Anastasio Somoza. El abuelo quería pasar las fiestas de fin de año en Guatemala, pero fue tal la insistencia de Cantera que accedió. Se sentaron juntos a ver la carrera de caballos.  Al terminar la carrera el abuelo Ramiro le dijo a Cantera: “oí esos son tiros”, respondió Cantera: “no son tiros, son cohetes celebrando el triunfo de mi yegua”, pronunciando estas palabras, el Presidente cayó muerto por varios disparos.

Además de haber sido un jinete inigualable, de haberse desempeñado como embajador en diferentes países, de cartearse con su primo, Miguel Ángel Asturias, el capitán Gereda con una gracia y simpatía poco común se hizo querer no solo por nosotros sus descendientes, sino por todo aquel que atravesaba. Le regalaban una nada y devolvía un torrente. Siempre una palabra amable. Un gesto seductor. Una risa encantadora. Una plática inteligente. Una presencia enternecedora.

En 1962, siendo Embajador en República Dominicana, año de las protestas estudiantiles contra el régimen del entonces presidente Ydígoras. Las fuerzas de seguridad en una de las protestas entraron a la Facultad de Derecho, y mataron a un estudiante  de la Usac. La AEU de Santo Domingo envió un telegrama a Ydígoras: “Señor Presidente en lugar de andar matando a estudiantes indefensos, le pedimos que se dedique a perseguir ladrones y delincuentes”. A lo que Ydígoras contestó un telegrama abierto a República Dominicana diciendo: “en tiempo de Trujillo unas gallinas, ahora muy hombrecitos”. Al enterarse los estudiantes dominicanos del telegrama de Ydígoras, rodearon la Embajada sin dejar salir al Coronel.

En mi preocupación y frustración constante de no lograr hacer la revolución que considero que el país necesita, el abuelo me visita en sueños, llega –como en la fotografía suya que coloqué en la librera– a caballo, y desde su alegría vital, dulcemente me susurra: “el acto más revolucionario es la risa”.

Un mito es una historia fabulosa de tradición oral de seres que encarnan aspectos de la condición y dimensión humana. Acaso el coronel de quien heredamos el apellido es una especie de mito, un tipo de leyenda de quien nos llegan apenas chispazos y fragmentos de realidad.

Hoy desde su caballo el coronel Gereda Asturias,  el teniente seductor, desde su eterno encanto, nos llama a todos sus hijos y nietos a reunirnos en Yucatán. Nos congrega al encuentro del infinito de esos otros que también somos nosotros. A recordarlo en su estricto sentido del honor y de la justicia, un héroe de alma grande y hermosa, el jinete que no sabía galopar sino hacia su propia libertad.

¿Cómo se puede sentir tan cerca de alguien con quien nos cruzamos apenas unas veces?, ¿cómo se puede amar a alguien que en realidad es más un mito que un ser concreto?, ¿cómo explicamos que tantos de nosotros –como él lo hizo– no concibamos la vida sin caballos? No lo sé. Pero lo siento en la piel y entre las venas, cuidándonos, reuniéndonos, galopando en libertad hacia el infinito. Hoy el coronel, aquel que murió sin pertenencias materiales pero lleno de riqueza espiritual, ese que supo que es más importante ser que tener, está entre nosotros, quebrando para siempre el temple de cualquiera que escuche su interminable, afable y revolucionaria carcajada.

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