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Opiniones de hoy

Eduardo Arathoon en el corazón

opinion

El Estado ahora mira a los infectados como casos de una dolorosa realidad humana a la que es necesario ayudar aportando fondos y áreas para su tratamiento.

Hace dos días, cuando publicaron su foto acompañado de los miembros de su equipo en este matutino, mi corazón también se alegró mucho, al verlo tan sonriente recibiendo un reconocimiento del Centro de Control de Enfermedades de Atlanta, por su valiosa labor en el tratamiento de las personas que padecen del VIH/sida en Guatemala.

Conozco de su trabajo desde hace más de 25 años, cuando comenzó a funcionar la clínica familiar Luis Ángel García, y cuando en este país era tabú tratar el tema, mucho menos contar que se padecía, porque se sufría de la discriminación y el desprecio que condenaba a los enfermos y familiares al aislamiento físico y social.

Aunque usted no lo crea, muchos médicos no querían hacerse cargo de los enfermos, menos, comprometerse con poner a funcionar, en alguno de los hospitales, una sala para el tratamiento de tan ingrata enfermedad. Ahora, gracias a la tenacidad de Arathoon y al convencimiento científico de otros médicos –hombres y mujeres–, que entienden que el sida no es el anatema enviado por el demonio a los libidinosos, y que a cualquier ser humano se lo pueden transmitir, más por ignorancia que por lujuria, la epidemia la enfrentan administrando tratamientos que ayudan a las personas a llevar una vida menos afectada por nuevas infecciones. El Estado ahora mira a los infectados como casos de una dolorosa realidad humana a la que es necesario ayudar aportando fondos y áreas para su tratamiento.

Cuando visité la clínica, hace 25 años, para escribir un artículo dando a conocer el servicio, tuve la oportunidad de entrevistar a dos personas, muy jóvenes, infectadas con el virus que, a cada una, su pareja la había infectado ignorándolo ambas que, una de ellas, era portadora. Nunca olvidé el caso de una señora muy joven, madre de dos niñitos, a quien su esposo le había transmitido el virus. No lo podía abandonar, y los dos tenían que luchar para ver crecer a sus hijos. Su lealtad de esposa, nada había tenido que ver con el significado de la palabra promiscuidad, y la hipocresía de su marido ya nada podía hacer para ser sincero.

El segundo caso fue el de un muchacho veinteañero, homosexual, en quien era manifiesta su gravedad. Pálido, delgado y muy triste. Me contó su historia, que hoy comparto para que muchos padres de familia desconfíen de amistades, raras y solícitas con sus niños y niñas. A mi personaje, lo había iniciado en las relaciones homosexuales el padre de su compañerito de grado, que le daba jalón para llevarlos al colegio, y que aprovechaba las oportunidades para abusar manoseando al amiguito, cuando el propio hijo no asistía al colegio. Ya una vez iniciado, el joven había tenido distintas parejas, hasta que la última, lo abandonó cuando se enteró que estaba contagiado de sida.

Traigo a cuenta los dos casos, porque no solo se trata de un dolor físico, sino de un dolor diferente que llega a las profundidades del alma y que quizás, solo personas de la calidad humana de Eduardo Arathoon y los médicos que lo acompañan en su lucha, tienen el don de comprender las causas de ese sufrimiento, como para dedicarles la vida profesional sin regateos ni desdenes, persiguiendo el solo ideal de agregar sonrisas y vida a las personas que por un instante de gozo o muchos años de ignorancia, padecen y sufren lo que les queda de tiempo.

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