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Opiniones de hoy

El barrilete que voló René Putzeys

opinion

Ante la dificultad, nunca su tono fue de abatimiento o derrota.

 

Sin aviso ni espera, hace una semana partió René. Su impronta fue acaso poder ver siempre “más allá”, ahí donde nadie quiere ver, estar un paso adelante. Andar y moverse como veleta, nómada del viento yendo de un lado para otro sin saberse nunca detener, ni derrotar.

Construyó su tiempo imaginando, creando, soñando situaciones, inventos y posibilidades; haciendo ejercicio de una libertad muy grande, muy única, muy suya, cosa que los simples mortales con frecuencia solemos olvidar.

De rebeldía irredenta, nunca supo entrar en los moldes ni en nada que tuviera que ver con lo convencional ni con la disciplina impuesta. Señor de sí mismo,  anduvo muchos caminos. Sellado por su condición de filósofo y docente, promovió el conocer, preguntarse y rescatar el calor y sentido de la condición humana.

Ante la dificultad, nunca su tono fue de abatimiento o derrota. Tampoco quejumbroso.  Desde su particular humor agridulce y ocurrente, llamaba a la simpatía y a la risa, desde un mar de palabras que comunicaba a la vez cierto desamparo, cierta soledad no nombrada. Para el ojo común su falta de acumulación era “fracaso”. Pero en cambio, para quienes saben que “ser” no tiene nada que ver con “tener” habrían sabido ver la sabiduría y magia de sus actos

Marcado por el reloj interior de las inquietudes y continuas búsquedas en actividades que oscilaron entre recogimiento de seminarista, joven amiguero improvisador de música, buen intérprete de canciones y poesía; el agrónomo, el constructor de posibles “grandes empresas”,  el gerente, el académico, el filósofo… el amenizador de reuniones y tertulias, el inigualable y único René.

Con “La otra noche fui a una fiesta a casa de Julia…o Cuando recibas esta carta sin razón, Eufemia…” sonaban los acordes de su voz acompañada de su más fiel compañera: la guitarra. Su  talento brilló en miles de interminables pláticas, en su afición  por la música de la que fue  autodidacta, desde  guitarrero  hasta compositor.

El feíto –como le llamaban amigos entrañables como Micra Irigoyen, Palillo Quezada,  Mario Hernández–,  los hermanos Rosal y  tantos y tantas más  –aunque él parafraseando a García Lorca se describiera a sí mismo con  “voz de clavel varonil y este cutis amasado con aceituna y jazmín”– convocaba la  magia de la amistad de forma tan natural, como pudo ocurrir con aquel seguidor suyo: el Blackie, un perrito callejero que una noche siguió su silbido hasta lograr quedarse junto a él.

Sus sobrinas Lizzy y Beatriz recuerdan junto a la alegría que dio a su niñez, su ejemplo de integridad y entereza. “porque aunque la vida lo hizo pedazos varias veces, callado, supo recoger esos pedazos, e intentó una y otra vez reinventarse, rearmar su ser fragmentado,  con dignidad y aceptación. Sin dar explicaciones por sus errores o quijotadas, nunca se supo rendir. Siempre un nuevo proyecto, otro sueño. René enseñó que debemos llevar las penas con la cabeza bien alto”.

René siempre supo que la vida es “aquí y ahora”, no “ahí y entonces”; desde su humildad y creatividad nos enseñó la risa como resistencia ante el abismo, como arma infalible ante la mala jornada. La risa como remedio y augurio. La vida se encargó de arrastrarlo por soledades y tristezas de las que él, como sabio que fue,  supo en todo momento reírse de sí mismo, abrazar la vida y burlarse de las vicisitudes.

En los últimos años escribía sobre reformas al sistema educativo y antes publicó un libro sobre Eros y su experiencia; otro, sobre dichos guatemaltecos en donde señalaba importante rescatar la costumbre de echar mano de la sabiduría popular para advertir, aconsejar, hacer preceptos, ¿Por qué se muere tan linda costumbre que permitió enseñar y comentar, con desenfado, refrescando las sobremesa familiar o los coloquios entre amigos con regaderazos de sano buen humor? ¿Será que lo coloquios de amigos ya desaparecieron del mapa?

Nunca pidió mucho para sí. Más bien, este primero de noviembre, entre fiambre y despedidas, regresa entre serio y burlón en condición de aquello que siempre defendió: la libertad, vuelve con la alegría del barrilete y con la ligereza que siempre buscó; mantenerse a flote con poco o con la nada. Nos enseñó que el más libre no es el que más tiene, sino el que menos necesita. René, regresa como alma jovial y libre que siempre fue, conquistando para siempre su vuelo alto y ligero de equipaje.

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