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Opiniones de hoy

El cuarto actor

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Gobierno, oposición, poderes fácticos y… ciudadanía.

En esencia, la segunda vuelta electoral se trató de lo siguiente: Jimmy Morales ganó montado más o menos cómodamente sobre la ola (que lo encontró a él en el camino), y Sandra Torres perdió luchando tenaz pero infructuosamente en contra de esa misma ola. Los electores habían marcado el territorio desde el 6 de septiembre. En los distritos municipales y departamentales guardaron cierta lealtad a sus líderes y caudillos –salvo notablemente en Mixco y Quetzaltenango–, y no a los candidatos a la Presidencia.

El voto duro de Sandra Torres no soportó el alud. Apenas retuvo dos distritos (Quiché y Alta Verapaz) de los diez en los que había superado a Jimmy Morales en la primera vuelta (incluyendo los decisivos San Marcos y Huehuetenango). Y por cada voto que Torres sumó el 25 de octubre, Morales ganó 4.4 votos. Fue el jaque mate al sistema de partidos franquicia. En la práctica, la actual Ley Electoral y de Partidos Políticos quedó derogada por el pueblo, y el Congreso no termina de entenderlo.

Los dados están lanzados. La atención en los días poselecciones está en las señales que Jimmy Morales enviará a la ciudadanía. Lo admitió el día 25: su mandato es transparencia y lucha contra la corrupción. No tiene Congreso, ni partido ni aliados en los poderes fácticos que sean en verdad congruentes con ese mandato. Así que lo único que a Morales le queda es la ciudadanía. Si la convoca con argumentos válidos (por ejemplo, eliminar los gastos opacos que representan el 30 por ciento del presupuesto público de 2016), no habrá diputado que se le resista.

Pero si la decepciona llamando a su gobierno a gente con récord de pequeña pero reiterada corrupción (porque no ha tenido gran mando) y a los guardianes de privilegios corporativos, arrancará antes del 14 de enero un ingrato itinerario de ingobernabilidad. La depuración “a la carta” del Congreso (separando a quienes aplica demostradamente el Artículo 113 de la Constitución, falta de idoneidad y honradez), está bien, pero no modificará la relación de fuerzas.

Ahora, si Jimmy Morales lanza como objetivo, y no como medio, una cruzada contra el Congreso, este podría responder atacando asuntos que atrofian el desarrollo: régimen fiscal, competencia comercial, abatimiento de barreras no arancelarias, desarrollo rural y normas laborales. Eso, por cierto, haría bien a la democracia, pero lo más probable es que, bajo la mesa, las partes sacarán sus banderas blancas quedando en condición de armisticio. Mientras diputados y poderes fácticos sobreviven con corruptelas y privilegios, el perdedor sería Jimmy Morales, como jugador de segunda fila. Esto me lleva a concluir que la ciudadanía, quizá a través de la Plataforma Nacional para la Reforma del Estado, deberá retomar la iniciativa reformista, evitando que los elefantes hagan la guerra o el amor, pues cuando lo hacen friegan la grama, o sea, a la gente.

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