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Opiniones de hoy

Astor Piazzolla (IX Parte)

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Era de buen diente y de mejor trago….

Alguien más me ha preguntado: ¿Qué tiene que ver la música de Buenos Aires, con su gran embajador el Tango, con los guatemaltecos y con la ciudad de Guatemala en particular? Por el momento, solo puedo ensayar algunas respuestas, partiendo del ejemplo de mis abuelos y de mis tíos. Ya fue dicho que mis bisabuelos y abuelos, afirmado por el propio Carlos Enrique el Chino Carrera Samayoa escuchaban tangos traídos de Europa, especialmente de la ciudad Luz, en discos de 78 rpm; en sus viejas vitrolas. Y era Carlos Gardel el intérprete de “El día que me quieras” y demás éxitos. Hubo inclusive por aquellos días un barbero que se decía hijo del zorzal criollo, en la Nueva Guatemala de la Asunción.

Sin embargo, el gran referente del tango en Guatemala, por lo menos a nivel familiar, fue el Chino Carrera y del mundo bohemio de sus días, en el recordado Bulín 33, que junto a Polo Fernández hicieron crecer, mantener y desarrollar. Por ello, quiero asirme al recuerdo del guitarrista excelso, que se enorgullecía contando que fue seleccionado por el propio Hugo del Carril para acompañarlo en su presentación en la Radio Nacional TGW, la voz de Guatemala. El guitarrista pulcro interpretando Balderrama, por ejemplo, de su amigo Manuel de J. Castilla, premio nacional de poesía en la Argentina y de Gustavo Leguizamón, el famoso Cuchi. Al Chino poeta que esperaba al primer lucero, brote del alba. Al escritor ganador de los Juegos Florales de Quetzaltenango. Lo recuerdo, rememorando lo meticuloso y exigente que era el lector de sus primeros cuentos, nada más y nada menos que el propio Wyld Ospina. El Banco de Occidente, en la ciudad altense, los hizo encontrarse. Don Carlos Wyld Ospina era gerente y el Chino, recién casado, era el auditor de esa institución bancaria. Fueron curtiendo una amistad, una del tipo posible entre maestro y alumno. Guardaba como un tesoro un manuscrito inédito de su maestro. Eran los inicios de su carrera profesional y de sus afanes literarios. Alguna vez me relató lo siguiente: Carlos, me dijo, Wyld Ospina de todos los cuentos que me trajo, vale la pena romper todos estos. Si yo fuera usted, guardaba estos dos. Debe trabajarlos, hay que pulirlos como un buen artesano. Los dos cuentos fueron, posteriormente, galardonados en los Juegos Florales Centroamericanos. Uno de ellos, Masticando una pena y el otro Borrasca. Tuvo la suerte de que su diploma fuera elaborado por su tía, la artista Doña Celeste Samayoa Cozar de Espada.

Con el tiempo fui creciendo y comprendiendo mejor al tío y al padrino que tenía. De sus manos recibí El llano en Llamas de Juan Rulfo. Enorme autor mexicano que admiraba mucho. Lo agreste y parco de su lenguaje profundo. Al Chino Grande le gustaba conversar, largo y tendido, en la pérgola junto a la fuente antigüeña de su jardín. Era de buen diente y de mejor trago. Todavía leyó mi ensayo sobre Jacobo Árbenz Guzmán, El Hombre Desnudo, que por aquellos días de 1989 publicó un Siglo Veintiuno que nacía. Me estimuló a seguir escribiendo, no sin antes decirme que todas las citas incluidas en el propio texto, distraían la lectura principal. Tus escritos están poblados de un academicismo, que debes superar. La erudición no se marca por medio del número de citas que ofreces. El conocimiento profundo de un tema es otra cosa, me dijo. Me confesó haberse sentido honrado cuando Jacobito, como le decía por el cariño familiar y quetzalteco, quiso sentarse con él y con Humberto González Juárez, cuando lo vieron en París, con motivo del viaje a Europa para el Mundial de Fútbol de Inglaterra en 1966.

Continuará…

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