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Opiniones de hoy

Depuración o reformas


Inestabilidad política o reconstrucción del Estado.

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Felipe Bosch, presidente de Fundesa, relanzó la consigna hace una semana en el encuentro de empresarios: es hora de depurar el Congreso, dijo. Muchos están de acuerdo, aunque la mayoría no está dispuesta, por ahora, a movilizarse como hasta hace seis semanas exigiendo la renuncia de Otto Pérez. La última movilización relevante ocurrió el 6 de septiembre y fue para producir una “depuración democrática” a través de las urnas.

En el Congreso y en las corporaciones municipales quedó el sedimento de la vieja estructura clientelar y de franquicia que la ciudadanía movilizada repudió. Es una estructura aún poderosa, aunque las jornadas de abril/septiembre alteraron el escenario. Comenzó en las cortes de justicia donde se han tramitado decenas de antejuicios contra autoridades y diputados, y se han abierto juicios impensables hace un año. Siguió en el Congreso con el retiro de la inmunidad de Roxana Baldetti y Pérez Molina, incluso con el pequeño acto de rebeldía de elegir a Alfonso Fuentes Soria vicepresidente de la República.

La limitación está en las reformas. Los caciques de las estructuras clientelares se niegan a democratizar internamente los partidos. Los grandes proveedores y contratistas del Estado mantienen sus privilegios en la nueva Ley de Contrataciones. Aún no se dibuja una arquitectura institucional orientada hacia la profesionalización, eficiencia y pertinencia del servicio público. La Ley de Presupuesto es una coladera de recursos discrecionales y seguimos careciendo de una Ley de Competencia. El reto mayor de la gobernabilidad del próximo Gobierno descansará en las reformas que le den fortaleza financiera. Y la llave está en el Congreso.

No se trata de juzgar la calidad moral de quienes levantan desde las grandes corporaciones la espada de Damocles de la depuración; es más útil analizar la consigna desde la perspectiva de las relaciones políticas de poder. Una constatación de contexto es que 2015/16 no es 1993/94, cuando el Congreso fue obligado a autodepurarse y adelantar elecciones legislativas. El poder hegemónico corporativo de entonces ya no lo es. Eso no obvia que la situación del Congreso es peor ahora que hace dos décadas. La ciudadanía es más activa y diversa, y menos manejable. La fluidez y autonomía de los canales de información y opinión vuelve ingobernable la opinión pública: es un terreno donde se compite más con ingenio que con dinero. Y la fisonomía del propio sector privado es otra: hay fisuras contrahegemónicas, se supera la autocensura y por tanto hay críticas internas al modelo tradicional de negocios.

En resumen, son tres actores: depuradores, reformistas y clientelares. Estos últimos están en vitrina y pueden entrar en confrontación abierta con los depuradores, generando inestabilidad. O pueden asumir una agenda de reformas que nos haga pasar de la crisis a la reconstrucción del Estado.

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