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Opiniónes de hoy

No entienden que no entienden


¿Incendiarán Roma?

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¿Por qué los políticos no terminan de entender que están en crisis? Es por un déficit de cultura de política democrática. Los políticos de esta generación “franquicia” de partidos, que son básicamente quienes estelarizan el escenario electoral en lo que va de este siglo, entienden solo dos lenguajes: el clientelismo y el patrimonialismo, dos caras de la misma moneda. Tratan a los ciudadanos electores como clientes baratos a quienes se les invierte Q150 por voto, y obtienen un retorno Q60 mil en menos de cuatro años.

 

¿Cómo se logra tan fabulosa ganancia? Avalando leyes confeccionadas a la medida del patrón (a cambio de sobornos bajo la mesa) y pignorando el presupuesto público, sea a través de asignación de obra pública, concesiones, controles de puertos, plazas fantasmas, manejo de contrataciones y hasta renta de edificios.

 

Por eso los políticos franquicia no entienden el lenguaje del reclamo en las plazas. Esa gente no da votos, ni paga sobornos sustantivos, ergo, no tiene qué exigir. A esos políticos que nos gobiernan no les interesa la democracia ciudadana. En su lógica sui géneris las demandas son lunáticas, ilegítimas y seguramente están manipuladas. Construyen así su argumento: si la corrupción ha sido tolerada por tantos años, ¿por qué precisamente ahora?, ¿por qué a ellos y no a otros, tanto o más culpables?

 

No hay duda, el “ataque” en su contra es una conspiración gigante orquestada por el gran imperio, financiada por los empresarios y operada por la sociedad civil, en cuyo punto destacado están los jóvenes universitarios. Los conspiradores quieren desbaratar la “institucionalidad” edificada con tanto ahínco. Y el instrumento filoso de ese “plan perverso” es la CICIG, y se han alineado a ese plan el MP y las Cortes (que justamente fueron seleccionadas, contra viento y marea, para blindarles), además que los conspiradores tienen de su lado a los medios de comunicación con una reputación qué honrar.

 

Para esos políticos el ejercicio del poder es una visa para vulnerar la legalidad, vaciar las arcas hasta el punto de dejar en riesgo inminente la estabilidad macroeconómica, vender (barato) la soberanía, apañar la desigualdad social y, en medio de la ruina institucional que ellos mismos provocan, reclamar indignados respeto a su statu quo. Es el cuadro típico de la decadencia de los regímenes despóticos. Ya oímos que el psiquiátrico inhumano está “rebonito” y que el lago contaminado será salvado con “agüitas milagrosas”. Habría dicho María Antonieta de Austria, hace 220 años, antes de caer del trono y ser juzgada: “Que coman pasteles”, los habitantes hambrientos.

 

La frivolidad es el signo típico de la decadencia del poder. Basta ver el centro de la mesa directiva del Congreso. Hay políticos que no entienden. Estos políticos no entienden que no entienden. Las elecciones van a prolongar la agonía del sistema y ellos no pagan los platos rotos. Aislados nacional e internacionalmente, con las arcas en rojo, ¿cómo irán a gobernar? ¿Incendiarán Roma?

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