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Opiniónes de hoy

En esta lucha cabemos todos


No se vale paralizarla para dirimir falsos debates teóricos.

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Mientras el poder político se ejerza desde el Estado, la lucha por el control de éste es irrenunciable para cambiar la sociedad. Quienes quieran hacer una revolución cultural sin tomar el poder político pueden hacerla. Una cosa no excluye ni es mejor que la otra. El error de los soñadores posmodernos es creer que cambiar el mundo sin tomar el Estado descalifica los esfuerzos de quienes sí luchan por controlarlo, en vez de darse cuenta de que ambas posturas se complementan.

 

Eric Hobsbawm insistió siempre en que la única instancia de la que pueden obtener poder los que no tienen capital y cuentan sólo con su trabajo para sobrevivir, es el Estado. No hay otra cosa. Por eso, con todo y ser como es –ineficiente, corrupto e hipertrófico–, los ciudadanos comunes y corrientes no tenemos nada más por lo cual luchar para empoderarnos. Llegar a controlar el Estado implica, claro, tornarlo eficiente, probo, pequeño y fuerte. Fuerte quiere decir con el suficiente poder como para garantizar políticamente –y en razón del bienestar de las mayorías– que los capitales privados no se conviertan en monopolios, pues garantizando esto se asegura la libertad económica o igualdad de oportunidades con libre competencia. Es decir, la democracia.

 

Quienes quieran hacer una revolución cultural ignorando al Estado “para ir más allá” (¿?), que lo hagan, pero jamás pretendiendo que su esfuerzo sustituya la lucha por el control estatal. Es viable –eso sí– concebir y librar la lucha cultural posmoderna como un complemento de los esfuerzos para tomar el Estado, pues eso implica educar a la sociedad civil en una nueva sensibilidad acorde a una política oficial cuya fuerza esté al servicio del desarrollo de un pueblo y no sólo de una élite corporativa. Con ello, la sociedad política y la civil afianzarían la hegemonía nacional-popular. Pero ¿abolir el Estado? Eso ni siquiera es utópico (idealmente posible) en este momento histórico.

 

¿Soñar con una sociedad sin Estado y “ser realistas exigiendo lo imposible”, como quería el situacionismo francés en el 68? Pase. Pero no negando la lucha de las organizaciones que se movilizan en torno a intereses de clase. Porque se vale soñar, pero no a costa de que la ensoñación ideológica sustituya la práctica política del pueblo organizado y movilizado en las calles.

 

Las marchas espontáneas que ocurren hoy en Guatemala son originales en su modalidad, pues están uniendo y armonizando ambos esfuerzos de maneras inéditas e imprevistas por los científicos sociales. De la planificada “revolución de colores”–después de la cual la ciudadanía indignada habría de volver feliz a su casa luego de que un par de corruptos dejaran sus puestos– se ha pasado a una lucha interclasista, intercultural e intergeneracional en la que se ha comprendido que la corrupción es sistémica y que lo que hay que cambiar es el sistema y no sólo a uno que otro corrupto. Dada la incomunicación posmoderna auspiciada por la “sociedad intercomunicada”, esto es un factor de cambio porque implicó haber invertido el fuego del arma domesticadora de Facebook, Twitter y, en general, la Internet, volviéndolo en contra de quienes desde allí nos manipulan. Por esto mismo, hay que seguir adelante sin que falsos debates como el de la prevalencia de lo moderno o lo posmoderno en la lucha política nos dividan y paralicen neciamente. Se trata de empujar el carro, no de pararlo para jugar a ver quién tiene la razón.

 

*www.afuegolento.mexico.com

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