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Opiniones de hoy

La patria del futuro y sus enemigos

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Mientras nos dejemos instruir por la diosa de la historia habrá Patria y habrá futuro.

En el romance titulado ‘Il Gattopardo’, escrito por el autor siciliano Giuseppe Tomasi, se nos presentan las vivencias de la aristocracia siciliana de mitad del siglo XIX. Cuando las tropas de Garibaldi (unificador de Italia) desembarcan en la isla, son recibidas con hostilidad por la nobleza. Dicha animadversión es representada en la novela por el príncipe Fabrizio Falconieri. Este personaje encarna a la vieja aristocracia isleña. Desde siempre, la alta alcurnia siciliana había sido recelosa de los cambios que pudiera traer una Italia unificada de corte liberal. Al final, la familia Falconieri decidió no oponerse a la fuerza de la historia y se unió a la revolución. Eso sí, asegurándose de mantener sus privilegios. Las élites conservadoras se sumaban al proyecto nacional con tal de frenar sus tendencias más radicales. Se intentaría salvar lo posible del antiguo régimen. Se veían reflejados en la mentalidad del joven Tancredi, sobrino de Fabrizio, y dueño de la frase más célebre del relato: “Si queremos que todo siga igual, es necesario que todo cambie”.

A 200 años de nuestra “Independencia” pareciéramos encontrarnos, desde nuestra concepción, en un país “gatopardesco”. Siendo incluso más honesta que nuestro amigo Tancredi, el Acta de Independencia rezaba: “que siendo la Independencia del Gobierno Español la voluntad general del pueblo de Guatemala, se mande publicar para prevenir las consecuencias que serían terribles, en caso de que la proclamara de hecho el pueblo mismo”. No fuera a ser que el ‘populacho’ se pasara de la raya. Desde entonces, nuestros cambios político-económicos han tenido dos principales impulsores: uno renovador y uno reaccionario. 

El impulso renovador aparecía cuando un determinado modelo de país, muchas veces precipitado por factores externos, se volvía insostenible. Por ejemplo, el desgaste de las guerras civiles entre los liberales y conservadores de la federación provocaría el ascenso del reformador liberal Mariano Gálvez en 1831. Asimismo, la invención del tinte sintético en 1856 acabó con la economía de la cochinilla y desembocó en la Revolución Liberal de 1870. Tanto en 1944 como en los años 80, se cambiaba abruptamente un modelo de país que el contexto político e internacional ya hacía insostenible. Unas élites renovadas que hacían lo posible por mantener su estatus. 

Por otro lado, tenemos el impulso reaccionario. Si los cambios iban demasiado rápido, nuestra frágil conciencia conservadora se ponía a la defensiva. Si el futuro era incierto, nos refugiábamos en el siempre reconfortante patrimonialismo. Este espíritu “tradicionalista” solía surgir cuando se cuestionaban las instituciones que sostenían el orden establecido. En nuestro caso, el clero, la oligarquía y el ejército. Molestar a cualquiera de ellos (o peor, a varios) ha sido un dolor de cabeza garantizado en nuestra historia. Molestar a los primeros dos contribuyó al ascenso de Carrera. Intentar maniatar al tercero casi le cuesta la democracia al país en 1988 y 1989. Asimismo, y no menos importante, perder la confianza del ejército por irse “de trompa” contra el clero, los grandes actores económicos y el contexto geopolítico del momento acabó abruptamente con el régimen del 44. 

Se puede tachar a los intentos de reforma que causaron esta “reacción” como ingenuos, precipitados o mal ejecutados. De lo que no se los puede tachar, estimado lector, es de falta de visión de Estado. Todos ellos, a su manera y en su contexto, intentaron traer la modernidad al país. Se intentó consolidar ese Estado moderno tan necesario para que la pluralidad (de ideologías e instituciones) de nuestra amada “sociedad civil” florezca. En palabras de Samuel Huntington: “Precisamente, el orden público legítimo es lo que escasea en estos países; sus gobiernos se encuentran a merced de intelectuales alienados, coroneles estrepitosos y reaccionarios revoltosos”. Es decir, el primero que con sus respectivos achichincles logre bajar la guayaba. 

Es precisamente ese espíritu el que quiero celebrar. El espíritu de esos próceres que, a lo largo de nuestra historia, se negaron a seguir viviendo en el país del Gattopardo tropical. La convicción de aquellos que cargaron la antorcha del cambio, e incluso se hicieron sus mártires, debe ser fuente de inspiración. Mientras nos dejemos instruir por la diosa de la historia habrá Patria y habrá futuro.

 ¡Vivan estos 200 años de ejemplos! 

 Pocos, pero extraordinarios….

De la patria que pudo ser, que puede ser y nos toca asegurarnos que sea. 

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