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Opiniones de hoy

El Bicentenario, nada que celebrar

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No es lógico celebrar a un Estado incapaz de garantizar los derechos mínimos de sus habitantes.

El Ejecutivo está celebrando, con bombos y platillos, los 200 años de la independencia de España. Y lo está haciendo por la puerta grande, gastando más de 60 millones de quetzales en compras de llaveros, banderas, astas y otros souvenirs que realcen el “fervor patrio” que inunda el corazón de quien gobierna. 

Mientras tanto, más de 400 guatemaltecas y guatemaltecos han muerto por COVID-19 durante los últimos siete días; lo cual asciende a un acumulado de más de 12 mil personas fallecidas desde que la pandemia empezó. Tristemente, muchas de estas vidas pudieron haberse salvado si la ciudadanía hubiera contado con apoyo material del Gobierno, si los hospitales hubieran estado abastecidos y si hubiera existido una política transparente, masiva y eficiente de vacunación.

Algo queda claro, este gobierno está más preocupado en mejorar una imagen sumamente desgastada y en beneficiarse de la mayor cantidad posible de negocios para enriquecerse ilícitamente, que en garantizar la vida de las personas. 

Para ser justa, el descalabro de este Estado no es culpa exclusiva del presidente de turno, pues este forma parte de una cadena directa y continua de saqueadores que para su propio beneficio han cooptado lo público desde hace 200 años; a excepción, claro, de los gobiernos de Arévalo y Árbenz, quienes tuvieron una visión política caracterizada por la justicia social, democracia participativa y equidad para toda la población. Pero de eso, hace ya casi 70 años.

El Estado de Guatemala está fundado sobre tres pilares muy fuertes: racismo, clasismo y machismo. Además, reproduce un modelo económico social en el que muy pocos gozan de los derechos y beneficios que produce la vida en común. 

Según palabras de la doctora Marta Elena Casaús, el racismo nació con el proceso de Invasión, Conquista y Colonización, que estuvo justificado por una ideología racial y segregacionista. Por ello, al indígena siempre se le apartó y solamente se le consideró como fuerza de trabajo dócil y gratuita. En este esquema entró el mestizo, con su consciencia desgarrada por negar y discriminar lo indígena a la vez que se veía sometido a la explotación y desprecio de dictadorzuelos, finqueros e industriales. 

En cuanto al machismo ocurre un fenómeno similar, pues las leyes, políticas y la esencia misma del Estado mismo están conformadas para que las mujeres ocupemos un segundo plano, sin ser parte plena de las decisiones que conciernen a todas y a todos. Muestra de ello es que, en lo que va del año, más de 10 mil niñas y adolescentes han sido víctimas de embarazo forzado y se han registrado al menos 100 femicidios, entre otras estadísticas de horror que a casi a nadie en la esfera gubernamental le escandalizan. Evidentemente, esto no es casualidad en el marco de un Estado manejado a favor de muy pocos.

Actualmente, el país atraviesa la peor etapa del COVID-19, lo cual se ha debido en gran medida a la irresponsabilidad del Gobierno, que en 16 meses ha obtenido los recursos necesarios, pero ha sido incapaz de utilizarlos para prevenir los contagios y mucho menos para atender a los más vulnerables y vacunar a los habitantes. Por inaudito que parezca, no sabemos en dónde están los millones que se pagaron para comprar unas vacunas que nunca vinieron. 

Los números no mienten, Guatemala es uno de los peores países para la niñez, no es normal que tengan que trabajar, que mueran por desnutrición, que las niñas se conviertan en madres. Estos son algunos datos que no deberían existir: el 46 por ciento de niños y niñas menores de 5 años sufren de desnutrición crónica y el 17 por ciento padece de desnutrición severa. Estamos condenando a los niños y niñas a que no se desarrollen de forma adecuada, pues cuando sean adultos tendrán problemas crónicos de salud. 

Por eso y más, no es lógico celebrar a un Estado incapaz de garantizar los derechos mínimos de sus habitantes, en donde personas mueren en plena calle, la niñez no tiene futuro y las mujeres no podemos salir sin que nos violenten. En un futuro tan poco esperanzador, no es celebrar lo que corresponde, sino denunciar, articular, refundar y construir.

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