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Opiniones de hoy

A más de 200 años

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Hoy muchos de esos pueblos perviven, pese a los Estados excluyentes, racistas y las instituciones extractivas.

En América, singularmente en la llamada “América del Sur”, la narrativa sobre el establecimiento de la civilización occidental todavía se conoce como “el descubrimiento del nuevo mundo”. Pero es un hecho que cuando los conquistadores llegaron a América, ni era “nueva” ni la estaban “descubriendo”.

Antes de finales del siglo XV, eran muchos los pueblos indígenas que poblaban en su totalidad lo que hoy conocemos como “América”. Hoy muchos de esos pueblos perviven, pese a los Estados excluyentes, racistas y las instituciones extractivas instauradas desde principios del siglo XIX. Pueblos que hasta hoy cuentan con sus propias culturas, sus propias organizaciones económicas, sociales y políticas, sus propias formas espirituales de ser y sus propios sistemas de creencias. Tienen formas propias de analizar y entender el mundo y de interactuar con la naturaleza, y han desarrollado conocimientos propios en disciplinas como las matemáticas, astronomía, arquitectura, medicina, las artes, la botánica y la ecología. El mundo occidental aún continúa aprendiendo y maravillándose por la sabiduría ancestral que hasta hace poco se había menospreciado.

Curiosamente, la llamada “Doctrina del Descubrimiento” se basó en el catolicismo y su origen se remonta a la bula papal Inter Caetera, publicada en 1493. Dice el documento que “en islas remotas y desconocidas… vive un gran número de personas que son, al parecer, suficientemente aptas para abrazar la fe católica… Habréis de destinar varones probos y temerosos de Dios… para adoctrinar a los indígenas en la fe católica e imponerlos en las buenas costumbres”. España defendía la legitimización de apropiarse de la tierra de los no cristianos (basados en una tradición medieval), y fue con esa idea que la “Doctrina del Descubrimiento” resultaba conveniente para la conquista en lo que hoy llamamos “Latinoamérica”. En esas circunstancias, los pueblos indígenas fueron sometidos políticamente en nombre de un Dios y de una religión que no eran propios. A los indígenas se les consideró unos “salvajes con prácticas inhumanas” (Bartolomé de las Casas, 1540), lo que justificó que se les hurtaran las tierras, se les esclavizara y, en el mejor de los casos, se les convirtiera a la fe católica. Se les consideró esclavos natos. Se les dijo lo que tenían que pensar, a qué dios adorar, cómo trabajar, en qué idioma hablar, cómo comportarse y, sobre todo, a quién tributar y servir. “Los indios, por ley natural, deben obedecer a las personas que son más humanas, más prudentes y excelentes para ser gobernadas, con mejores costumbres e instituciones”, escribió en 1534 Juan Ginés de Sepúlveda, un sacerdote que defendió de oficio la conquista, colonización y evangelización de la población indígena.

Más tarde, se les impuso una doctrina económica y política, y se diseñaron Repúblicas de acuerdo con esa doctrina: Se establecieron reglas acordes con la forma de pensar de los colonizadores y se promulgaron leyes en función de sus preferencias. La propiedad de las posesiones se garantizó de acuerdo con lo que los colonizadores consideraban justo dentro de ese marco colonial. “Si yo ocupo algo que considero que está abandonado, tengo derecho a quedármelo como propio”. Esa fue la lógica de la colonización. Los “exploradores” y misioneros pensaron que apoderarse de tierras “no civilizadas” y poseerlas en propiedad era el mandato y el designio de Dios. Los pueblos originarios, por su parte, entendían su relación con los ecosistemas de una manera distinta: No se consideraban dueños de la tierra sino parte de ella. El ethos de los colonizadores, en cambio, era el de la dominación, la extracción y la explotación para generar riqueza y poder.

Así las cosas, la importancia de fundar una República que consolidara ese extractivismo del cual podían sacar provecho político y económico, fue un incentivo para que un grupo de descendientes de colonizadores buscaran “independizarse” de la Corona española. Tal vez por allí podemos entender por qué hoy, a más de 200 años de injusticias, somos como somos y estamos como estamos.

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