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Opiniones de hoy

Celebración de la Patria

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Lado B

Primer 15 de septiembre del que tengo memoria y testimonio. San Martín Jilotepeque, 1962 o 63. Es una vieja fotografía en uno de los portales de la vieja plaza, en donde funcionaba un salón de actos. Está tomada por un fotógrafo ambulante, de estos que paseaban su desvencijada cámara de cajón de pueblo en pueblo. Ahora andará perdida en alguno de los gaveteros de mi madre. Yo la guardo nítida en la memoria. Estamos Tina, una niña de la que no recuerdo su nombre y yo posando, con una rigidez casi solemne, junto a un caballito de madera. Tina era una adolescente indígena que me cuidaba y ayudaba a mi mamá en los quehaceres de la casa. Fue fundamental en mi vida por muchas razones. En la foto está vestida con su traje regional y este le confiere un esplendor pleno. La niña, posiblemente una vecina o la alumna preferida de mi mamá, lleva el uniforme de gala de la escuela: un vestido blanco que le llega por debajo de las rodillas, zapatos de trabita, una capa azul por encima de los hombros, un quepis también azul y un batón en una de sus manos. Yo porto un sombrero vaquero, tipo Rod Rogers, me acuerdo que de color rojo, un pantalón de lona, cuyos ruedos volteados me llegan casi a las rodillas y una camisa blanca que se ve impecable. A nuestras espaldas hay un paisaje pintado con dos volcanes, un lago, un sol y un quetzal que vuela por un cielo blanco y azul.

Si cierro los ojos e intento imaginar lo que nos rodea, lo que está fuera del foco de la cámara, puedo ver la iglesia, el portal donde se situaba el edificio municipal, la plaza con sus vendedoras indígenas, el señor de los algodones de colores y los escueleros luego del desfile. Puedo escuchar además la música de una banda, casi miserable, un tambor y dos trompetas que acompañan la marcha de los dos o tres policías de la comunidad. Estos van seguidos por cuatro o cinco presos, que metieron a la cárcel por borrachos la noche anterior. Dan vueltas y vueltas a la plaza, intentando en lo que pueden que su paso sea marcial. Un alcalde gordo y mofletudo, vestido con un traje blanco, espera el momento de iniciar su discurso, preparado especialmente para la ocasión: patrias, ceibas, monjas blancas, quetzales, próceres brotarán de sus palabras, que se perderán en el viento, sin que nadie les haya puesto demasiada atención

Me veo también con un bote amarrado con una pita a la cintura, a manera de tambor. Lo hago sonar con unos palos, mientras voy de un lado a otro del corredor. Tina, que me sigue el juego, marcha detrás de mí. Nos detenemos frente a un trapo de cocina que mi abuela ha colgado en un pilar. Es nuestra bandera y la saludamos ceremoniosos, como vimos en los actos que mi mamá preparó en la escuela para niñas la tarde anterior. Tina quiere que cantemos el Himno Nacional. No me sé la letra y, por más que ella intenta enseñármela, no logro pasar del “Guatemala feliz…”. ¿Qué son aras? ¿Qué es verdugo?, le pregunto.          

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