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Opiniones de hoy

360°

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“El 2015 cuenta la historia de un final, pero en realidad se trata de un principio. Se trata del futuro. Una futura Guatemala en la que hacer el bien sea valorado por encima de hacer el mal. Se hizo historia en el 2015, pero la historia trata del pasado. Los guatemaltecos son todo sobre el futuro. Sean futuro”, Todd D. Robinson, octubre 2015.

“El 2015 cuenta la historia de un final, pero en realidad se trata de un principio. Se trata del futuro. Una futura Guatemala en la que hacer el bien sea valorado por encima de hacer el mal. Se hizo historia en el 2015, pero la historia trata del pasado. Los guatemaltecos son todo sobre el futuro. Sean futuro”, Todd D. Robinson, octubre 2015.

Estuardo Porras Zadik 

En el 2015 los guatemaltecos aprendimos el poder de la unión. Había que estar presente para entender que lo que sucedía era diferente: espontáneo, auténtico y, hasta cierto punto, ingenuo. Nadie se atribuía un liderazgo y el estrado estaba a la disposición de quien se atreviera a subir. No sabíamos qué esperar ni éramos conscientes de lo que se podía lograr. En la plaza convergían guatemaltecos; no ideologías ni clases sociales, estratos económicos o etnias. Por primera vez encontramos un común denominador y, sin importar ascendencia ni procedencia, nos unimos por una sola causa: la lucha en contra de la corrupción y la impunidad del Partido Patriota. La plaza se convirtió en una fiesta cívica en la que familias enteras participaban semana tras semana. Los que de alguna manera recuerdan la represión de la guerra civil, cedieron tímidamente ante la tranquilidad y la paz que gobernaban las manifestaciones. En la mezcla predominaban los jóvenes, aquellos poco contaminados por la historia. Sin divisiones, sin estar polarizados y con las espadas ideológicas guardadas, nos permitimos alcanzar lo inimaginable: bajar del poder a un binomio presidencial, que, en ese momento, era estandarte de la corrupción y la impunidad. Nos convertíamos, poco a poco, en la única generación guatemalteca que se atrevía a tocar al poder…

Fallamos; en el 2015 los guatemaltecos también nos dejamos dividir. La Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG) continuó profundizando en casos de corrupción; develando lo profundo y horizontal de la impunidad. Mientras las investigaciones y la persecución penal se suscribiesen a funcionarios públicos, la unidad nacional se mantendría intacta. Sin embargo, no fue ese el caso. Las investigaciones pusieron en relieve el entretejido político-económico responsable del sistema de cooptación del Estado. El Partido Patriota no era más que la punta del iceberg, al igual que los protagonistas de la corrupción no eran exclusivamente los funcionarios. La justicia perseguía a sectores históricamente intocables que habían operado tras bambalinas; siendo el financiamiento anónimo de partidos políticos una de las tácticas más efectivas y recurrentes. Cuando se hizo público que había investigaciones en curso en contra de empresarios con reconocidos apellidos y de reconocidas empresas, e inició la persecución penal que culminaría en algunas capturas, se rompió la unidad nacional y surgió la ideologización de la persecución penal. 

Las manifestaciones perdieron fuerza, y conforme se creaban bandos ideológicos en torno a la labor de la CICIG, también perdían adeptos. Regresaron los fantasmas del comunismo, las izquierdas y los extremos de la derecha. Quienes se consideraban afectados por las investigaciones de la CICIG se vieron acorralados y sin válvulas de escape. La cárcel no era una opción y terminaron algunos de mucho poder aliados con aquellos funcionarios que enfrentaban a la justicia. Esta alianza hiló fino —dentro y fuera de sus sectores—, logró silenciar a quienes no podía convencer. En este choque de trenes la población se polarizó y se dividió entre los pro-CICIG y los anti-CICIG, perdimos el enfoque de la lucha en contra de la corrupción y la impunidad, y se debilitó el poder de la unión ciudadana. Se desenvainaron las espadas ideológicas que dieron paso a los sucesos causantes de la situación actual. Dimos un giro perfecto de 360°. 

Lo que faltó fue liderazgo. Todos, sin excepción, se embriagaron de poder. Este movimiento se convirtió en el estandarte internacional de la lucha en contra de la corrupción y la impunidad. Los logros de la “unión” ciudadana les quedaron grandes a los liderazgos existentes en la sociedad guatemalteca. Empezando por la CICIG, que, al darse cuenta de que contaba con el apoyo ciudadano, dejó de ser estratega, no cuidó las formas y se ganó más enemigos de los que fue capaz de enfrentar. Otros perdieron el foco y utilizaron el poder de la plaza en favor de agendas personales con intereses puntuales. Líderes dentro de los sectores afectados que estaban de acuerdo con el trabajo de la CICIG, vieron lo que sucedía a los disidentes y prefirieron el camino del silencio y la imparcialidad; nunca más opinaron abiertamente a favor de la CICIG. No hubo líderes capaces de encauzar el movimiento cívico, y los pocos que lo intentaron, sucumbieron ante la polarización, el divisionismo y las ideologías. Hoy, lejos estamos de esa Guatemala del futuro en la que el bien reine por encima del mal…

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