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Opiniones de hoy

¡Han dicho no!

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Desmantelar colonialismos.

Mayoría de países de América Latina conmemoraron ya el Bicentenario de sus respectivas Independencias. Otros andan a punto de tirar la casa por la ventana. Según lo planificado, este año tocaba replantear nuestro sentido de Nación. 

La conmemoración del Bicentenario podría ser un jalón que nos obligue tanto a mirar la historia como a avizorar lo que viene. Abrir espacios para la reflexión y obligarnos a plantear preguntas cruciales: ¿Por qué nos hemos quedado atrás frente a países que vivieron condiciones similares de voraz colonialismo? ¿Por qué no logramos construir una nación sólida en estos 200 años de supuesta “independencia”? Conmemorar quiere decir “recordar con”, es memoria conjunta, colectiva, y a eso debemos de abocarnos. Pero la Magdalena no está para tafetanes. Estamos en un embudo que condensa la tragedia. Resulta que vamos tan mal que parece una burla invertir o destinar recursos en “celebrar” estos 200 años de penuria. Una pandemia sin control, intentos insistentes de apagar la palabra de denuncia, más pobreza, hambre, violencia, corrupción desbocada, burla, nefasta cooptación y servicios nulos ante tanta necesidad.

La historia hay que contarla. Para que una nación exista, es necesario un relato sobre los orígenes, valores y principios que fundamentan su cohesión. Si no se cuenta, no construye una imagen que le permita hacerse. Y nosotros no terminamos de hacernos ni hemos tenido el valor de contarnos. No pasamos de absurdos intentos de más corrupción invirtiendo en parques, murales y fiestas absurdas…

Otros países comenzaron hace 200 años a construir su propio imaginario nacional. Para independizarse debieron dibujar su propia imagen, asumir compromisos que, al parecer, nosotros no hemos terminado de entender: un Estado de derecho y los derechos humanos; la conciliación de lo universal y lo particular para construir una modernidad sobre la base de valores propios; el combate frontal a la corrupción y crimen organizado; garantizar la libertad de expresión; velar por el acceso a la sociedad de la información con criterios de pertinencia y relevancia; cómo configurar una idea de nación no excluyente, donde quepamos todos, todas; valorar el pensamiento crítico propio como proyecto “emancipatorio” de formas soterradas del colonialismo cultural o académico. Eso, entre muchas otras. 

Sería absurdo imaginar el Bicentenario como escenario en que pueden desatarse todos los nudos del porvenir. Más aún, “festejarlo” con actos superficiales frente a la penuria que enfrentamos. Los pueblos han dicho “no al Bicentenario”, pero sí a planificar la refundación de un Estado que hoy está en ruinas, que parta de la profunda pluralidad, que logre forjar una cultura cívica y una relectura de nuestra historia para impulsar pensamiento innovador con un modelo innovador. Resolver en conjunto, todos los pueblos, no solo el pasado nefasto, sino un futuro incluyente y alentador.

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