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Opiniones de hoy

La banalidad de la vida

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Lado B.

¿A quiénes influencian los ‘influencers’?, es una pregunta que me hago cada vez que repaso mi muro de Facebook a la búsqueda de algún suceso digno de tomar en cuenta. Cada vez son menos, como que si los “grandes acontecimientos”, como los llamábamos, se hubieran detenido para dejarle el campo abierto a un sin número de hechos irrelevantes, que son los que van construyendo nuestra realidad diaria. Esa que vivimos a través de las pantallas. Si antes las redes sociales nos permitían conectarnos con el mundo: leer periódicos, ampliar nuestros conocimientos, hablar con amigos que habitan lugares lejanos…Hoy se han poblado de una serie personajes dispuestos a cualquier cosa con tal de contabilizar ‘likes’, visitas y seguidores. Te cuentan chismes y chistes, bailan, cantan, recitan, te muestran sus quehaceres y sus formas de vida. De una vida supuestamente un poco más interesante que la tuya, en donde salir a comprar el pan o las tortillas se convierte en un acto digno de ser registrado para el futuro.

‘Influencers’ los hay para todo el mundo y para todos los estratos sociales. Los diferencia la marca del celular o la forma en la que se visten para presentarse en las pantallas. Hay algunos, escasos a decir verdad, que se pasean por el mundo y un día aparecen en la Patagonia y el otro en las Amazonas. Estos tienen una obsesión casi malsana con la comida. El globo terráqueo se reduce a una sucesión interminable de restaurantes de lujo o de puestos de chucherías callejeras. No muestran mayor curiosidad por los lugares que transitan y son una especie de almacenadores de hechos pintorescos o de banalidades. Lo que pueda caber en los tres minutos que dura el video.

Existen también los que persiguen tu superación y te aleccionan sobre las cosas importantes de la vida. Te hablan de Dios, a ritmo de reguetón, y te cuentan su paso por el alcohol, la violencia familiar y las drogas. También están los adeptos a la meditación y el yoga. A estos los obsesiona la luz y tienen como misión iluminar tu existencia. Y luego todos aquellos que se pasan el día corriendo o haciendo despechadas y sentadillas. Te enseñan a preparar licuados de verdolaga y a escoger los mejores zapatos tenis. 

Los que más éxito parecen tener son los deslenguados. Aquellos que no tienen pelos en la lengua para decirle al mundo sus verdades. Han hecho de la grosería un signo de identidad. Entre más putazos metan en una frase, más auténtico es el mensaje, o algo así. Hay un señor al que le pagan por decir malas palabras. Lo visitan políticos y funcionarios para lograr más cercanía con lo que llaman pueblo. Tiene tantos seguidores que se ha convertido en las redes en una especie de símbolo nacional, como la Ceiba, la Marimba o la Monja Blanca. También existen las “chicas sexis”, que nos hablan de sus intimidades con absoluta desfachatez. 

Salir del anonimato al que cada vez más te condenan las sociedades contemporáneas, a toda costa, a como sea, pareciera ser la cuestión. Facebook, como su nombre lo sugiere, se ha convertido quizás en el espejo de lo que somos. Hay mucho esperpento detrás de todo esto, pero también mucha desesperación…    

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