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Opiniones de hoy

El caldo de la violencia

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Follarismos.

El uso de la fuerza como instrumento de dominación y fuente de poder individual y colectivo parece formar parte inevitable de la mayoría de culturas en la historia de la humanidad. Sin embargo, podemos decir que, en el mundo occidental, fue sobre todo la Ilustración la que marcó ideológicamente el afianzamiento del desarrollo liberador del capitalismo así como el desarrollo de las sociedades modernas, y creó las novedosas nociones de “derechos” y de “democracia”. Fue solamente entonces cuando un nuevo paradigma mental empezó a surgir –enta, pero ineluctablemente–, en la mente de las personas y de los Estados, a saber: la idea de que la violencia no es el método idóneo para hacer que el ser humano se eduque, evolucione y llegue a realizarse como persona o como sociedad, y también la idea –todavía hoy no demasiado clara– de que las guerras son útiles solamente para aquellos que las desencadenan y dirigen.

En nuestras sociedades neocoloniales latinoamericanas, la violencia sigue siendo una práctica vinculada mentalmente a costumbres patriarcales de índole rural y a estructuras sociales y políticas pre-capitalistas, en las que palabras “ley”, “derechos”, “Estado” y “democracia”, por ejemplo, suelen ser cascarones vacíos de significado, a no ser el que las elites dominantes le otorguen de acuerdo a sus intereses particulares. El caso de Guatemala, país altamente subdesarrollado y profundamente semi-feudal, es un ejemplo emblemático del hecho de que la violencia es un fenómeno estructural y funcional que baña absolutamente todos los niveles de la vida, al igual que su contraparte inseparable: la corrupción (la que conlleva, entre otras cosas, prácticas de miedos, amenazas, sobornos y chantajes). Podemos decir entonces, utilizando una analogía, que el líquido amniótico en el que la sociedad y la mayoría de ciudadanos bañamos desde el nacimiento hasta la muerte, se compone principalmente de una dosificada mezcla de carencias y de violencias.

Todo lo cual explica, aunque no justifica, que la violencia sea un elemento tanto institucional como cultural. No me queda aquí espacio, pero quiero recordar que la violencia física y psicológica de los hombres contra las mujeres en nuestro país, sobre todo en las zonas rurales, es más bien la norma y no la excepción. Tanto en el mundo indígena como en el ladino, las mujeres son las víctimas consuetudinarias de un machismo fuertemente anclado en tradiciones y en ignorancias sin límite. “Al hombre se le respeta”, es la máxima pregonada por las mujeres y sus familias, sobre todo cuando los susodichos están bajo los efectos estupidizantes del alcohol, cosa que es frecuente. Pero bueno, esto será el objeto de otro artículo.  

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