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Opiniones de hoy

La silla del patojo chispudo

opinion

La arquitectura de nuestro sistema político es una fábrica incansable de élites extractivas.

“Solo un rollo de papel ‘toilette’ dejaron”. Esta era una de las primeras frases con las que el entonces neoelecto presidente Giammattei empezaba el mandato que había estado esperando por más de una década. Además del comentario sobre el papel higiénico, que todavía no sabemos si tomarnos en serio o a chiste, el presidente enumeró otra serie de artículos que parecerían faltar de Casa Presidencial. Paredes maltratadas, pedazos de muro arrancados y documentos faltantes parecían ser el último saludo que había dejado la caótica e impopular administración saliente de Jimmy Morales. Esta bufonesca anécdota, que pareciera sacada de una obra de sátira política de bajo presupuesto, es ya toda una tradición en los cambios de mando del País de la Eterna Primavera. Relojes, libros, macetas y hasta picaportes han sido parte del colorido inventario de “lo que el otro se llevó (por no usar el término coloquial)” a lo largo de los 36 años de nuestro triste intento de democracia republicana.

A mí juicio, estimado lector, esta curiosa dinámica ilustra perfectamente el carácter de nuestro sistema y, hasta cierto punto, de nuestra cultura política. A un mes del flamante bicentenario de nuestra tan celebrada “independencia”, tema que ya tocaré en su momento, me tomo el atrevimiento de iniciar una serie de breves examinaciones. El objetivo de estas, que estarán divididas en varias columnas, será el de intentar sacar en limpio la esencia y trayectoria de nuestra cultura institucional y política. Reconozco lo ambicioso de esta empresa. No obstante, las fiestas patrias proporcionan una oportunidad que no se podía dejar pasar. En este primer análisis intentaremos ilustrar, a manera de diagnóstico, esa mentalidad cortoplacista. La tristemente célebre “ley del más vivo” pareciera reflejarse tanto en la arquitectura como en el ‘modus operandi’ de nuestra cultura política. 

La credibilidad de nuestros gobiernos suele estar indefectiblemente desgastada en el ocaso de su gestión. La razón por la que las administraciones salientes parecieran comportarse en sus últimas horas como una vulgar banda de ladrones podría tener una explicación de carácter institucional. No existe la posibilidad de reelección ni la exigencia de una mayoría permanente en el Congreso. Nada insta a la administración de turno a que se enfoque en otra cosa que no sea retener la silla y sacarle el mayor provecho mientras dure. Quienes se apuntan a la carrera del poder esperan su turno para saquear la mayor cantidad de recursos posibles de las arcas públicas antes de perder su precioso derecho de antejuicio el 14 de enero. Una vez nuestro mesías predilecto alcanza la presidencia, no tenemos una forma efectiva de exigirle que cumpla con las promesas omnipresentes de un mejor futuro. Para nuestros gobernantes, el largo plazo es problema de otro. La arquitectura de nuestro sistema político es una fábrica incansable de élites extractivas.

Aunado a nuestros problemas estructurales, también enfrentamos uno de los males endémicos de América Latina, la ausencia de una verdadera sociedad civil. Según el pensador Alexis de Tocqueville, esta última debía estar conformada por organizaciones no gubernamentales, que ejercen el rol de intermediarios entre el Estado y los individuos. Sin embargo, quienes intentan enarbolar esa bandera parecieran ser escasos, irrelevantes y esporádicos. Esta especie de “ciudadanía de fin de semana” aparcería periódicamente en la Plaza Central para desahogar sus frustraciones con el continuo estancamiento de nuestro desarrollo. En los últimos tiempos, las demandas de este sector han sido simple y sencillamente ignoradas. No obstante, hay un segundo grupo que conformaría nuestro intento de sociedad civil, los subordinados. A diferencia del primer colectivo, este último se movilizaría de manera organizada y selectiva representando las exigencias momentáneas de una parte de nuestras élites. Es cuando estos últimos se hacen oír que se vislumbra la posibilidad de un giro de timón en la política del gobierno. Cuando aquellos que pueden amenazar la estabilidad de su regencia muestran descontento, el líder corre despavorido a tranquilizarlos. Se puede observar un claro ejemplo de esto en los periódicos aumentos de salarios que el poderoso sindicato magisterial exige sin mérito alguno al Estado. Ello, amenazando, ni más ni menos, con paralizar la educación pública. Nuestra sociedad de élites paternalistas está tan preocupada por la fragilidad de su presente que se olvida por completo de invertir en nuestro futuro. Deben siempre asegurarse de tener una silla, pues quién sabe cuando pare la música. 

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