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Opiniones de hoy

Oscura madrugada, antes del amanecer

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“Levantose Cortés y con noble respeto del vencedor al héroe desgraciado, abrazó con ternura a Cuauhtémoc. Llenáronsele a este de lágrimas los ojos y poniendo la mano en el mango del puñal del conquistador, le dijo las siguientes palabras, con las cuales sucumbía un rey con su raza, con su patria y con sus dioses: Malintzín: pues(to que) he hecho (todo) cuanto cumplía en defensa de mi ciudad y de mi pueblo y vengo por fuerza y preso ante tu persona y poder, toma luego este puñal y mátame con él. Moría ya la tarde, prometiendo tormenta y entre nubes rojas, como sangre, se hundió para siempre, detrás de las montañas, el Quinto Sol de los Mexica”. Alfredo Chavero, arqueólogo, poeta, dramaturgo, político e historiador mexicano, en el Capítulo XII, del Tomo I, de la magna obra intitulada “México a través de los siglos” (1880).

El próximo viernes se cumplen 500 años, ¡medio milenio!, de aquel “ominoso martes 13” de agosto de 1521, en el que Hernán Cortés destronó al tlatoani azteca Cuauhtémoc, dando lugar al violento, doloroso y traumático parto de un nuevo pueblo mesoamericano. Actuando en nombre del más poderoso emperador que había visto hasta entonces el mundo (Carlos de Hasburgo, “V de Alemania y I de España”, nieto de los Reyes Católicos y del Emperador Maximiliano I), a partir de la victoria de Cortés, el idioma castellano, el cristianismo y la cultura occidental “asentaron sus reales” sobre el territorio de un pueblo desde entonces híbrido, que aún hoy lucha consigo mismo por descifrar “el significado de una identidad propia y única”. La capital mexica, Tenochtitlan, en una isla sobre un lago y entonces más soberbia, más bella y más poblada que sus contemporáneas europeas, sucumbió tras un asedio de 75 días, rendida por el hambre, la sed, la pólvora y el acero, y sobre todo por la viruela, la tos ferina y el sarampión, que trajeron a estas tierras aquellos duros guerreros, hijos de la Reconquista, llegados, con sus cruces, sus papeles y sus tintas, sobre sus bergantines y sus caballos, “de allende el mar”. De ahí, de dicha capital mexica, despachó Cortés, futuro “Marqués de Oaxaca”, a su díscolo lugarteniente, Pedro de Alvarado, hacia Guatemala y Cuscatlán, “pueblos de los que mucho ha, he tenido noticia” (y a los que si se hubiesen tardado 20 años más los españoles, también habrían encontrado hablando náhuatl). Acompañado de los crecientemente hispanizados tlaxcaltecas, vino Alvarado a este terruño a repetir el libreto de Cortés, en el que los cakchiqueles, al inicio, jugaron el mismo papel que el de los hijos de Tlaxcala frente a los mexicas, en contra de los quichés. Una desigual sociedad surgió de aquel fatídico encuentro entre los mesoamericanos y sus conquistadores. Años después, por presión de “objetores de consciencia” como Fray Bartolomé de las Casas, la Corona española impuso sus “Leyes Nuevas” (1542), tratando de atenuar el peso de los vencidos en aquella sociedad dual, y buscando proteger a sus nuevos tributarios, dio paso al concepto colonial de “las dos repúblicas”, que separó legalmente a los “pueblos de indios” de los “pueblos de españoles”. Pero pudo más la codicia y la iniquidad humana que la vigilancia de las lejanas autoridades peninsulares, de manera que una estructura social de ribetes feudales se impuso, como bien lo describió, hace unos años, Severo Martínez Peláez, en su esclarecedora disección de la Patria del criollo

El mundo siguió girando y tres siglos después, los mejores pensadores del momento concibieron un mundo que ya no fuera gobernado por ineptos que creían que lo hacían “por derecho divino”. La rebelión de las colonias inglesas en el norte del continente (1776) y, sobre todo, la Revolución francesa (1789) capturaron el corazón y la mente de “los ilustrados”, que buscaron un mundo más tolerable en el que los pueblos fuesen gobernados, sin discriminación ni privilegios entre ciudadanos, al amparo de la Ley, por mandatarios que debían ceñirse a un “contrato social” explícito, la Constitución. Rompiendo con “el antiguo régimen”, buscaban una República de todos los ciudadanos. Aquello encendió la imaginación de las mentes más preclaras de todos los continentes, pero también despertó los temores y la animadversión de quienes resultaban los más beneficiados de la permanencia de las autocracias. Fue así que el 15 de septiembre de 1821 una conspiración para impedir la constitución de un régimen republicano tuvo su primera victoria pírrica. Declarada “la Independencia de España” como requisito para integrarse al “primer Imperio mexicano”, el “plan pacífico de Independencia” se consumó con la coronación de Agustín de Iturbide, 12 días después, tras el victorioso arribo de sus tropas a la ya para entonces llamada ciudad de México. Por eso, los mexicanos no celebran su día de Independencia cuando España fue vencida militarmente y la concedió formalmente, en el “Tratado de Córdoba” (el 24 de agosto de 1821), sino el 16 de septiembre de 1810, cuando, aunque seguían formalmente sometidos al dominio español, el cura Miguel Hidalgo y Costilla se subió a un campanario y tras hacer doblar las campanas, denunció al régimen colonial y llamó a las armas, en su famoso “Grito de Dolores”, que también “hizo eco” aquí. Por eso, nosotros debiéramos también celebrar el Bicentenario, como ya lo ha sugerido en las páginas de este diario el esclarecido columnista Gonzalo Asturias, no el 15 de septiembre, día del primer acto de la Conspiración del Clan Aycinena, sino el 1 de julio, cuando en 1823 y tras exigir la retirada del general iturbidista Vicente Filísola de nuestro territorio, la Asamblea Nacional Constituyente declaró que los centroamericanos éramos independientes “de España, de México y de cualquier otra Nación” .

Subidos a la ola absolutista que inundó al continente europeo tras la derrota de Napoleón, los conservadores guatemaltecos volvieron a la carga y destruyeron la República Federal de Centroamérica, tras sangrienta guerra civil (1837-1847), declarándonos una curiosa “república independiente”, territorialmente diezmada, con monarca aldeano y sin Constitución, un 21 de marzo de 1847, fecha que tampoco debemos celebrar. Su anquilosado régimen finalmente sucumbió como consecuencia de la quiebra del mercado del añil y del resurgimiento del liberalismo en Europa, tras la caída del austríaco Metternich, en 1848. Nuestros falsos liberales, no obstante, bajo el ambivalente liderazgo de Porfirio Díaz, en México, y de Justo Rufino Barrios, aquí, le dieron “ropaje republicano” a un continuado régimen semifeudal, que se agudizó en Centroamérica a partir de 1871, con el “capitalismo de plantación” que vino a epitomizar la United Fruit Company (UFCO). Fue esta desgraciada historia la que vino a redimir la Revolución de 1944, trayéndonos por primera vez una Constitución moderna, una esperanza fundada en un futuro mejor y elecciones verdaderamente libres. Para continuada desgracia de este sufrido terruño, sin embargo, este primer ensayo auténticamente democrático “se agrió” y terminó enfrentando a guatemaltecos contra guatemaltecos, al consolidarse dos facciones fanatizadas de ultraconservadores, por un lado, y comunistas, por el otro. Tras el rompimiento del frágil hilo constitucional con el derrocamiento de Árbenz, auspiciado por la UFCO y la CIA en 1954, se dio paso a una nueva guerra civil solapada (“el conflicto armado interno”), que venimos tratando de superar desde “la firma de la paz”, el 29 de diciembre de 1996. Como en toda guerra civil, hubo héroes y villanos en ambos bandos, con la mayoría “atrapada entre dos fuegos” . Al amparo de la Constitución de 1986, imperfecta pero legítima, se han dado pasos hacia una vida más civilizada y prometedora, aunque es evidente que aún no hemos logrado materializar la añorada “república de todos los ciudadanos”…

Ese es el telón de fondo que nos enfrenta a un régimen ostensiblemente republicano, pero cuyo sistema político inhibe nuestro auténtico desarrollo con mecanismos electorales tramposos y con la creciente penetración de la cleptocracia en los tres poderes del Estado. No podemos seguir con supuestos representantes que no nos representan, con alcaldías capturadas por el narco, con presidentes que resultan de escoger “lo menos peor”, con tribunales y cortes manipulados por las mafias, con una economía estancada (toda la exportación anual de café equivale a “dos semanas de remesas”), un gobierno sin legitimidad y una sociedad sin rumbo. El asunto va más allá de que renuncie el Presidente, como lo ilustra un reciente fracaso más, la elección de Jimmy Morales, tras la defenestración de la dupla Pérez-Baldetti.

Urge reformar el sistema político y el pueblo lo sabe. Por eso es insensato que las rémoras que aún se aferran al poder intenten “tapar el sol con un dedo”. No cabe duda de que hay aún mucho que explicar sobre “el caso Odebrecht”, por ejemplo (algo a lo que Consuelo Porras “debió haberle entrado”, por cierto, hace tiempo), pero es evidente que a Juan Francisco Sandoval no lo persiguen realmente por ese supuesto delito, sino “por chairo”, por poner a la mafia en aprietos. La necesidad de “fabricar casos” festinadamente, para justificar lo injustificable, es patética, aunque le pongan música de documental de 1954. Tenemos que encaminarnos hacia una democracia realmente representativa y hacia un capitalismo moderno e incluyente, cosas que no son inalcanzables, sino requisitos de convivencia pacífica a largo plazo. El gobierno tiene un mínimo margen de maniobra que no debe desaprovechar: debe hacer lo necesario, incluyendo las destituciones del caso, para retornar a una creíble lucha institucional contra la corrupción. Entre otras cosas, para mantener las inaplazables reformas dentro del cauce institucional. Sí. La cleptocracia y sus corifeos cometen un serio error al aparentar sentirse seguros porque cuentan con el apoyo de algunos militares, de algunos poderosos empresarios, de la ya dubitativa “mayoría de la minoría” y de tres o cuatro gringos trompistas. La censura moral, que amenaza desbordarse, viene de la auténtica mayoría de la ciudadanía, aunque aún no se exprese plenamente; de casi toda la representación diplomática extranjera en el país y de la prensa independiente. No jueguen “a despertar al gigante dormido”. Pretender ignorar los justos anhelos de la mayoría es insensato. “Quien siembra vientos, cosechará tempestades”…

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