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Opiniones de hoy

El subdesarrollo está en la mente

opinion

Dejar de repetir verdades y apostar por el debate.

El sociólogo norteamericano Lawrence Harrison publicó en 1985 un polémico texto en el que intenta ofrecer algunas explicaciones detrás del subdesarrollo de varios países en América Latina. La tesis se basa en la idea de que “la cultura importa”. Aquellas sociedades donde han imperado los valores del emprendimiento, del respeto por las normas y la tolerancia han sido más exitosas en desarrollar sistemas democráticos funcionales con economías de mercado capaces de generar riqueza y oportunidades de desarrollo para las grandes mayorías.

Para Harrison, aquellas sociedades donde se promueve el pensamiento crítico, la innovación y la experimentación, y se incentiva a las personas a desarrollar sus talentos e intereses, fomentan una cultura social basada en el mérito, donde a los individuos se les juzga y evalúa por su desempeño real y no por sus antecedentes sociales o de clase. Dicho ambiente es propicio para que emerja el pluralismo y la participación política. Esa libertad que alimenta la expresión de la creatividad también alimenta a los sistemas políticos democráticos y los vuelve más estables y perdurables.

La tesis de Harrison entra en abierto conflicto con una característica propia de la cultura intelectual de nuestras latitudes. Guatemala, como varios países de América Latina, en lugar de fomentar el pensamiento crítico, la disidencia, la tolerancia y el debate intelectual, vive atrapada por los fantasmas del escolasticismo, del monismo y de un permanente miedo al contraste de ideas.

Todo ello, en gran medida, alimentado por un modelo educativo que no estimula la crítica razonada. Recordemos. Durante la Edad Media, el escolasticismo fue el movimiento filosófico que sustentó las enseñanzas del cristianismo. Su metodología se basaba en el principio de autoridad: una premisa se aceptaba como válida solo por estar contenida en un texto sagrado. No había espacio para el cuestionamiento, mucho menos para debatir ideas contrarias. Todo el razonamiento y la construcción argumentativa se basaba en esa premisa incuestionable. Pero la premisa originaria no se debatía. 

Pero esto cambió. La modernidad de Occidente devino a partir de los cuestionamientos a las verdades absolutas. El Renacimiento disputó la superioridad de la religión sobre el hombre; la Revolución Científica revisó las premisas aceptadas sobre la naturaleza. La Ilustración y las revoluciones liberales cuestionaron el statu quo y el absolutismo.

Pero en Guatemala nos quedamos en el medioevo. Somos una sociedad escolástica, puesto que rehuimos del debate. Esto refleja un modelo de enseñanza que privilegia el adoctrinamiento sobre el pensamiento crítico. Pero también refleja la intolerancia. Cuando los argumentos se agotan, recurrimos a inferencias ad hominem (atacar a la persona y no sus ideas), ad verecundiam (aceptar una verdad por el prestigio de su locutor) o ad baculum (apelar a la fuerza por encima de la idea).

Con esta base intelectual, es surrealista imaginar que el debate político podría ser diferente. A nivel ideológico, creemos que nuestra visión de sociedad está escrita en piedra, y que las recetas antagónicas son expresiones de intereses ocultos. Constantemente, un recurso del debate local es la descalificación. “Fachas”, “chairos”, “conservador retrógrado”, “comunista”, son algunos de los calificativos más comunes utilizados en el debate reciente. A partir de ahí, discutir sobre la sociedad que queremos, el modelo de desarrollo al que aspiramos, o la forma de alcanzarlo, resulta imposible.

A lo anterior se agrega una práctica recurrente en el debate: el incesto intelectual que genera el mundo de las redes sociales. Derivado de los algoritmos utilizados por Facebook y Twitter, que privilegian los contenidos que resultan afines a los patrones de consumo de los usuarios, es muy común que la información a la que cada persona tiene acceso es un reflejo de la “burbuja” en la que interactúa, por lo que pocas veces se produce una verdadera examinación de ideas y argumentos.

Quizá un primer paso para cambiar nuestra política pasa por superar el escolasticismo intelectual. Si el mismo sistema político se rehúsa a construir instituciones, a promover un verdadero Estado de derecho o una cultura democrática, quizá desde el sistema educativo podemos aspirar a romper el subdesarrollo de la mente. Aprender a debatir propuestas y no a descalificar interlocutores; reconocer que debemos dejar de ser un país de suposiciones y prejuicios, para convertirnos en un país de ideas.

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