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Opiniones de hoy

Moisés

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Lado B

Mi relación con Moisés Barrios ha consistido en una larga, muy larga, plática sobre la situación del arte en Guatemala. Un diálogo que comenzó a principios de los años noventa, aunque no logro precisar el momento ni las circunstancias. Posiblemente fue luego de la inauguración de alguna muestra de la Galería Imaginaria, en las ruinas del convento de Santa Clara, en La Antigua Guatemala. Yo acababa de regresar de un largo exilio y andaba viendo cómo me integraba a un país que ya no reconocía. En la búsqueda conocí a gente extraordinaria que me ayudó a salir de mi desazón y desconcierto. Que me acompañó en el trance. Con Moisés me recuerdo comiendo pizza en el restaurante de Martedino, legendario en la ciudad colonial. Hablando quizá de Edward Hopper, un pintor que traducía a la perfección mi estado de espíritu de entonces. Me encantaban sus paisajes desolados, sus personajes solitarios y desubicados… Algo de eso encontré en los cuadros que Moi trabajaba en la época, su etapa de Iztapa, del Pacífico guatemalteco.

¿Hacia dónde debía dirigirse el arte en ese momento en el que aún nos lamíamos las heridas de la guerra? O más bien, ¿hacia dónde debíamos dirigirnos nosotros que aún esperábamos una especie de renacimiento, una fuerza que nos permitiera dejar atrás ese tiempo marcado por la muerte y por las balas? Y la verdad es que se dirigiera el arte hacia donde se dirigiera, queríamos contribuir con lo que fuera en el asunto. Tal vez pensábamos que, por alguna extraña razón, la historia estaba de nuestro lado, que la paz era posible y que el arte podía constituirse en el motor que nos impulsara hacia una nueva sociedad, hacia una nueva era marcada por la democracia, la pluralidad de discursos, la libre circulación de las ideas.

Nosotros veníamos de una Guatemala demasiado oscura, tiznada, dolorosa, asfixiante, violenta, que nos había marcado en lo más profundo, que había determinado prácticamente todo lo que hacíamos. Ahí nos reconocíamos, en los días de exilio, como dos tipos que al azar se encuentran en un café llamado Martedino o Malinowski y se acompañan en silencio, cada quien perdido en sus propias cavilaciones, intentando encontrar una ruta que los aleje de los desastres anunciados.

Y sí, hemos intentado huir del desastre, cada quien a su manera. Moisés trabajando mucho, construyendo una obra que se sitúa entre lo más sólido y valioso que se ha construido en este país en los últimos años. Que nos ha permitido vernos en nuestras propias interioridades. Que a pesar de la tristeza o desencanto que se percibe en ella, siempre es un llamado a la vida. Como esta imagen que tengo frente a mí, mientras escribo estas líneas. Un fondo negro, negrísimo, de donde surge una naturaleza entre turquesa y verde, viva, demasiado viva, cruzada por ramificaciones que se me antojan venas por donde fluye la sangre o la savia que nos permite existir, a pesar de los malos augurios. 

Sé que Moi no la está pasando bien por el momento y es por eso que le escribo estas líneas. Pero yo le tengo confianza, siempre ha tenido la capacidad de sorprenderme, con un color que me tira al azar, con una textura, con una imagen que me empuja hacia la luz, hacia la esperanza en esa vida que surge con insistencia de todos sus cuadros. Gracias por eso.           

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