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Opiniones de hoy

El petate del muerto

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Hay que empezar, desde ahora, a expresarse, a manifestarse.

“En cien horas, horas de ansiedad continua y de éxtasis, el viejo régimen, que había estado destruyendo a Rusia, fue borrado de la faz de la tierra. Al mismo tiempo, sin embargo, las fuerzas que habían luchado juntas contra el enemigo común… empezaron a dividirse…”. Alejandro F. Kerensy, ministro-presidente del gobierno provisional de Rusia, en “La catástrofe”, 1927 (Cap.1: “Los cuatro días que acabaron con la Monarquía Rusa”). El gobierno provisional que encabezó Kerensky en julio de 1917 fue derrocado en octubre del mismo año por los bolcheviques y ese hecho histórico ha sido citado para justificar el temor de los conservadores a apoyar movimientos reformistas que defenestran al orden establecido, sin por ello satisfacer a los radicales. Otros historiadores señalan, muy al contrario, que la catástrofe a la que aludió después Kerensky fue realmente provocada por la negativa del Zar y sus seguidores ultraconservadores a reconocerle relevancia real a la primera Duma (parlamento) liberal, tras la Revolución de 1905; a la que disolvió, como lo hizo con sus sucesoras, recurrentemente, en busca de otras Dumas cada vez más sumisas. Eso fue lo que realmente les dio legitimidad y bandera, en la siguiente década, a los socialistas radicales que terminaron adueñándose de la Revolución…

 

El zar Nicolás II asumió el trono imperial en Rusia en 1894, tras tres siglos de errático dominio de la dinastía Romanov. Su abuelo Alejandro II, “el Zar Libertador”, emancipó legalmente a los siervos en 1861, aunque estos siguieron siendo campesinos atrapados en un feudalismo de facto, sumidos en una miseria sin esperanza, de manera que, pese a su tímido reformismo, ese Zar terminó siendo asesinado por revolucionarios radicales, en 1881. Su hijo y sucesor, Alejandro III, encabezó un gobierno abiertamente reaccionario, hostil a cualquier intento de reforma (“ingenuas y fantasiosas concesiones, culpables de la trágica y prematura muerte de nuestro amado emperador”), encarnando la terca y tripartita filosofía política de “autocracia, ortodoxia y nacionalismo”. A la prematura muerte de Alejandro III, por fallo renal, el joven Zar Nicholas II quedó desde un inicio inmerso en la lucha entre los reformistas y ultraconservadores. Los primeros querían una monarquía constitucional (“a la inglesa”) e industrializar a marchas forzadas a la atrasada sociedad agraria rusa, y los segundos, temerosos de que las reformas “le abrieran las puertas a la revolución”, pretendían “que todo siguiera igual”. Al principio de su reinado, “Nicky” permitió la colaboración de algunos reformistas, como su primer ministro Sergei Witte, quien, con apoyo financiero primordialmente francés, logró conectar ferroviariamente (con el “ferrocarril transiberiano”) la larguísima geografía rusa, desde el Báltico hasta el mar del Japón. Imbuido de soberbia racista, sin embargo, el gobierno ruso intentó avasallar en su extremo oriental a la entonces emergente potencia japonesa (“esos monos amarillos subhumanos”), recibiendo por inesperada respuesta humillantes derrotas en todos los frentes. En un acto de inaudita torpeza, negándose a reconocer lo inevitable, Nicolás envió a su flota del Báltico, “atravesando medio mundo”, desde sus gélidas bases y pasando por el Canal de Suez, hasta el Lejano Oriente. Al llegar a su objetivo, tras nueve meses de travesía, ¡en una sola noche!, los japoneses hundieron a toda la cansada y mal pertrechada flota rusa y sellaron la suerte de un imperio sumido en la pobreza generalizada, el desconsuelo y la desesperación. El 22 de enero de 1905, el “domingo sangriento”, una multitud de ciudadanos (encabezados por “un cura socialista”, Georgy Gapon) que pretendían entregarle “un petitorio” al Zar fueron inmisericordemente masacrados por la policía y tropas militares, en San Petersburgo, la flamante capital imperial. La decreciente legitimidad del Zar cayó en picada. Aún así, el régimen y sus corifeos intensificaron la represión de cualquier concesión democratizadora. En octubre, no obstante, una huelga general paralizó al país, dejándolo sin electricidad y sin comunicaciones. Para evitar mayor anarquía, el Zar finalmente cedió y, mediante la publicación del “manifiesto de Octubre”, se aceptó la adopción de una limitada Constitución y la creación de una Duma (parlamento) electa más o menos democráticamente. Esta fue la Revolución rusa de 1905.

Podría haber sido el inicio de una nueva Rusia, próspera y democrática, pero el Zar y los ultraconservadores no aprendieron la lección. Primero, defenestraron al ministro Witte, a quien culparon injustamente de casi todos los fracasos imperiales. Posteriormente, sintiéndose de nuevo afianzados en el poder, los protofascistas que lo rodeaban indujeron al Zar a disolver la primera Duma, sustituyéndola por otras legislaturas, electas sucesivamente por un electorado cada vez menor (mediante condicionantes de propiedad y otros requisitos) y, fundamentalmente, menos representativo. Otro primer ministro reformista, Pyotr Stolypin, quien mediante reformas en el ámbito rural intentó crear una nueva clase de pequeños propietarios agrícolas (siguiendo el modelo implantado por Bismark en Alemania), fue consistentemente adversado; abandonado a su suerte, murió asesinado en Kiev, con la secreta complacencia de sus enemigos en la corte, quienes lo consideraban “desleal” a la autocracia. Una vez más, el inepto Nicolás decidió llevar su país “a la guerra, en vez de a la revolución” (la primera Guerra Mundial). El buscado pero efímero entusiasmo nacionalista, sin embargo, pronto cedió el paso a la consciencia generalizada acerca de la impreparación y debilidad esencial del régimen, al que los alemanes le daban recurrentes lecciones de humildad en los campos de batalla. La creciente crítica popular encontró asidero adicional en la impropia conducta de la germana esposa del Zar, literalmente “el poder tras el trono”, que ponía y quitaba funcionarios según el consejo de Rasputín. La emperatriz le tenía fe ciega a quien el pueblo apodaba “el Monje Loco”, por sus pretendidas artes curativas aplicadas a su secretamente hemofílico heredero. Como resultado de tener ministros escogidos por ser incondicionales aunque fuesen ineptos, el imperio cayó en la hiperinflación, la escasez y la desesperanza, pronto convertida en generalizada indignación. Este fue el cuadro que precedió a la “Revolución de Febrero”, al “gobierno provisional” de julio y, finalmente, a “la Revolución, bolchevique, de Octubre”, en 1917; inicio de una sangrienta y terrible tragedia mundial, asentada, a la postre, sobre millones de muertos…

¿Que por qué traigo todo este rollo a colación? El asunto viene a cuento porque los ultraconservadores chapines “ven comunistas hasta debajo de las piedras”, y así pretenden “meterle miedo” a la ciudadanía, para evitar todo intento de reforma. Ahora resulta que, según ellos, mientras esperan fervorosamente “la segunda venida de san Donald Trump”, todos los que nos oponemos a los excesos, los abusos y los crímenes del actual régimen guatemalteco, somos “chairos”. Ni qué hablar del actual Partido Demócrata de los EE. UU., ahora en la Casa Blanca, un “partido infiltrado por los comanches”. Siendo que Guatemala languidece bajo el flagelo de una crecientemente desvergonzada y arrogante cleptocracia, aconsejan que “nos hagamos de la vista gorda” e ignorando el último asalto a la decencia (la defenestración del fiscal Juan Francisco Sandoval por la fiscal general, Consuelo Porras) apoyemos la franca regresión que se materializa a ojos vista en la lucha contra la corrupción, pues “más vale malo conocido que bueno por conocer”. La “mayoría de la minoría” ve con desconfianza el surgimiento de liderazgos inusuales en la población indígena guatemalteca, a pesar de la mesura y ponderación con la que hasta ahora se ha expresado en sus intervenciones públicas, por ejemplo, Martín Toc, presidente de los 48 Cantones de Totonicapán, uno de sus exponentes más visibles. Paradójicamente, en su afán por descalificar toda expresión reformista, lo único que logran los ultraconservadores, realmente, es “darles aires” a los cuatro y pico comunistas que aún quedan…

Siete de cada diez guatemaltecos no quieren que Guatemala se convierta en una Venezuela, pero tampoco quieren que sigamos por el camino que llevamos. Sí, ciudadano, tiene usted razón ¡y derecho! de soñar con una república que le dé cabida a la mayoría, en la que haya esperanza en un futuro mejor y que viva en la paz que genera el auténtico Estado de derecho. Para ello, lo primero que tenemos que lograr es que cese el permanente y descarado asalto al erario nacional que perpetran frente a nuestros ojos, hasta ahora impunemente, malos funcionarios de gobierno, auxiliados por otros malos guatemaltecos que nos asaltan en descampado. Pero si queremos lograrlo, debemos involucrarnos en la política. Tome postura, exprésese. La cómoda actitud tradicional del guatemalteco de “mantenerse al margen” de las controversias políticas debe cesar. Porque las reformas que se necesitan están hoy aún en manos de quienes son los principales beneficiarios de la corrupción y no ocurrirán si no las forzamos. Mantienen un sistema político estructuralmente tramposo, en el que las opciones políticas reales se circunscriben a las dos minoritarias facciones (15 por ciento del electorado, aproximadamente, cada una) que o quieren ensayar el fracasado marxismo, o quieren que todo siga igual. Tendremos que forzar al sistema a reformarse. Vivir en una república democrática, con un capitalismo moderno e incluyente, no es una quimera inalcanzable, si la ciudadanía, de veras, se involucra. No debemos permitir que las próximas elecciones sean el sucio, insulso e hipócrita ejercicio de siempre. Y hay que empezar, desde ahora, a expresarse, a manifestarse. Esto no es “comunismo”, ciudadano; que no vengan a tratar de asustarlo a estas alturas “con el petate del muerto”…

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