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Opiniones de hoy

Guerra avisada no mata soldado

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Para Giammattei todos son fusibles.

Giammattei y Consuelo Porras estaban avisados que vulnerar la FECI traería consecuencias no deseadas en la relación con Estados Unidos. A Giammattei se lo advirtió la vicepresidenta Kamala Harris el pasado lunes 6 de junio, y a Consuelo Porras se lo dejó claro 10 días más tarde la jefa de USAID, Samantha Power, teniendo de testigos a los principales fiscales, incluyendo a Juan Francisco Sandoval.

Desde que asumió el presidente Biden y declaró su prioridad de administrar las masivas migraciones irregulares del norte de Centroamérica a través del combate a la corrupción, Giammattei ha jugado sus propias cartas sin consecuencias, hasta ahora. Consumó su dominio sobre todos los órganos del Estado, borrando cualquier indicio de separación de poderes. Y les ha impuesto su agenda estelar: corrupción con impunidad para él y su primer círculo.

Washington le ha enviado advertencias en todos los códigos diplomáticos. Incluso, ante la incapacidad de su régimen de vacunar a la población, donó 4.5 millones de dosis anti-COVID-19, aliviándole la presión social. Pero el cálculo de Giammattei ha sido que, en una región que está implosionando, Washington lo necesita más de lo que él necesita a Washington. Licenciosamente sabotea la agenda de Biden e impone la suya.

Su lógica de poder es simple y eficaz, por el momento: todos, excepto él y Miguel Martínez, son fusibles. Por eso adelantó explicaciones —no pedidas— negando su influencia sobre Consuelo Porras en la decisión insensata de destituir al fiscal Sandoval, sin siquiera guardar las formas legales. No sería sorprendente que, si la presión social interna y los reclamos diplomáticos suben de tono o se vuelven insoportables, el próximo fusible sea la propia fiscal general, irremediablemente desacreditada. Al cabo, Giammattei consumó hace pocas semanas el control del despacho superior del MP y puede terminar en piloto automático mientras designa otro fiscal general dentro de nueve meses.

Pero no todo está bajo control. Washington dará una respuesta proporcional, o corre el riesgo de empantanar su agenda regional, reflejando una imagen inédita de debilidad ante un pequeño Estado cuyos rasgos criminales y mafiosos son ya inconfundibles. La otra variable independiente es la protesta social. Aunque Giammattei no pierde el sueño sabiendo que es precozmente el presidente más repudiado del periodo democrático, lo cierto es que empieza a articularse la protesta con actores autónomos que se están posicionando como la reserva moral de un país que llega destrozado y sin esperanza a su Bicentenario. 

Respecto de las autoridades indígenas ancestrales —las mismas que declararon non grato a Giammattei hace un año— hay que destacar su liderazgo, que trasciende al debate de los problemas nacionales (no solo locales) y que la chispa encendida gravita en torno a la corrupción de la justicia estatal, justicia que se les ha negado por siglos a sus pueblos. 

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